Noviembre de 2026
Monotipos y pinturas
de Diana Salazar
El hombre es feliz porque sabe olvidar. La memoria siempre está
dispuesta a borrar lo malo y solo recordar lo bueno
Varlam Shalámov
Se dice que todo el desierto cabe en un cuento, en un cuento corto, sin trama ni argumento, y cuyo único personaje –que se repite una y otra vez‒ no es otro que el deseo, el deseo vuelto ilusión. Y es que el desierto ‒en su aparente inmovilidad‒ no es más que el árido escenario de una esperanza, de una esperanza mustia ‒y chitona‒ que mira, un día sí y otro no, al cielo, por si acaso se cruza una nube gorda que le apague la sed. Lo mismo se podría decir de nuestra historia, de esta historia del mundo, que bien cabría ‒sin apretarse‒ en un brevísimo memorial de lo que pudo ser, digamos que en un puro anhelo que, al igual que las espinas del cardón, sobrevive agarrado al tiempo.
Diana Salazar conoce ‒a ciegas y de memoria‒ este cuento corto, y ha aprendido a entender bien los murmullos del deseo y la ilusión. Y, además, en ese su constante andar por la vida (por sus montañas y sus ciudades), ha sabido tomar las notas justas ‒y sencillas‒ de esta historia del mundo que se dibuja y se pinta de anhelos (de los tuyos, de los suyos, de los de ellas, de los de él) y que se ata, obligada por los relojes, al tiempo, de la misma manera que lo hacen todos los recuerdos.
Por eso su Monotipos, más que estampas gráficas hay que apreciarlas ‒y leerlas‒ como estampas literarias, como narraciones con sus puntos y sus comas, con sus silencios y sus gritos, con sus apapachos y sus besos, en fin, con su deseo y su esperanza. Puede que para Diana Salazar, la suma de elementos, de superposiciones de formas y colores, sea la manera más sincera de contarnos ‒y advertirnos‒ que la vida se sostiene de recuerdos: de esos paisajes que pudieron ser, o que debieron ser, o que tal vez fueron. Sin recuerdos, el arte ‒y la vida misma‒ sería puro vacío, vacío y ceniza.
Es optimista, la artista es optimista, se respira una paz: la paz de lo ido, de lo que se esconde ya en lontananza, en cada una de sus obras y en cada uno de sus cuentos. Y también hay esperanza, esa esperanza que canta el desierto; y que nos regala el sol cada vez que escapa de la sombra. Y es que el tiempo no es cosa del reloj, es cosa de la vida que ‒como los recuerdos‒, siempre intenta volver a empezar.
Esta muestra nos cuenta, como las paredes de un viejo barrio, que la historia del mundo está llena de silencios: de silencios que construyen sinfonías.
Eduardo Rojas Rebolledo
Diana Salazar. Destacada pintora y artista visual mexicana, formada en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde cursó la licenciatura en Artes Visuales, la Maestría en Historia del Arte y el Doctorado en Artes y Diseño. Cuenta con un posdoctorado en Innovación Educativa. Su sólida trayectoria académica se complementa con una intensa labor docente e investigadora en la misma institución desde 1995, así como conferencista en diversos países, entre ellos Canadá, España, Brasil, Colombia, Japón e Inglaterra.
Su obra pictórica ha sido ampliamente reconocida a nivel nacional e internacional, destacando sus trece exposiciones individuales en México y Canadá, y más de cien muestras colectivas en países como Estados Unidos, Francia, Perú, Argentina y Japón. Ha realizado residencias artísticas en Inglaterra, España, Estados Unidos y Canadá.
Asimismo, ha recibido importantes distinciones a lo largo de su carrera, entre las que se incluyen las becas del FONCA (Jóvenes Creadores y el Sistema Nacional de Creadores de Arte), el Primer Premio en Pintura del Concurso OMNILIFE y del Encuentro Nacional de Arte Joven, así como el Reconocimiento Universidad Nacional para Jóvenes Académicos.
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