Agosto de 2016

Entre los poros, los vellos y el velo del alma

Por Juan (Iván) González de León.

La piel es una membrana de la mente-sentidos, una zona de intercambio, no sólo de un orden lingüístico-analítico, también extrasensorial-intuitivo. Un territorio de la voluntad, el género, una epidermis de la mente, cruce y tránsito entre poros, vellos, el último reducto y velo del alma.

Es ahí, en la exodermis, donde ahonda la obra de Darío Meléndez. Concebida desde la idea de la impronta y el registro de rostros pintados como mujer pero que provienen de ambos sexos, nos encontramos con la máscara, la piel desollada prehispánica hasta la huella de la mano en Lascaux. Toda máscara es una transacción temporal con la muerte. Si el bastidor es su esqueleto, la piel es su tela, donde deposita su último aliento de vanidad.

La pieza de Meléndez se evidencia como un gesto de recuperación de la identidad heroica, un performance posgénero de un rito cotidiano, de engañar a la muerte. Como espectador me expongo a mi ambigüedad sensual y veo la elaboración de las improntas expuestas como aquellas pieles. Un acto conceptual: un ritual colectivo. Esta experiencia es cinestésica y también implícitamente sexual y táctil. Una limpia colectiva y cosmética que devela los instintos al vivir lo híbrido. Una pieza que cura y un gesto vernáculo. Darío es maquillista, madre, compañero, artista brujo callejero, impostor, intermediario ritual.

Esta obra evidencia una voluntad de desarmar la ambigüedad de instinto y la imposición de la identidad sexual, de desanudar y reanudar, el cordón umbilical. En ella se observa que todo acto religioso consiste en una intención de comunión con lo divino. Una reafirmación de la feminidad en el sentido telúrico.


El autor es Profesor adscrito a la Facultad de Artes y Diseño Unidad de Posgrado de la UNAM.
Más información en: http://www.youtube.com/watch?v=KvHW0AEdOWc