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Ética

¿Transmitir o generar ideas? La labor responsable del diseñador en un mundo cambiante

CUT transmitir o generar

Por Blanca Alicia Carrasco Lozano.

Hoy en día son pocos los que ponen en duda que uno de los mayores retos que tenemos como humanidad es el aprender a desaprender, sin embargo, en el ámbito del diseño y la comunicación visual también es común preguntarse ¿desaprender qué? Hemos de ser muy cuidadosos e irnos con pies de plomo porque a diferencia de otras disciplinas, la información y conocimiento que dan estructura a las bases del aprendizaje en diseño gráfico y la comunicación visual están inmersos en una enredada madeja, me entusiasmaría decir que es un tejido o un entramado perfectamente armónico, equilibrado y bello, que se ha ido desarrollando de acuerdo con su época, pero en este momento dudo que pase de ser un ovillo maltrecho y lleno de nudos, en el cual se enmarañan conocimientos tanto científicos como perceptuales y no exentos de muchas creencias personales del propio profesorado.

En el sentido amplio de la palabra diseño, los buenos diseños dependen de una estrecha relación libre y armoniosa entre la naturaleza y las personas, donde una observación cuidadosa aunada a una interacción inteligente proporciona inspiración y facilita una labor determinada. Si nos enfocamos en el diseño de la comunicación visual valdría la pena preguntarnos ¿cuál es su razón de existir? Comunicar, pero ¿comunicar qué? Un mensaje, es decir: transmitir ideas.

Ideas que dan origen a un mensaje visual inspirador, que facilite la cooperación y el entendimiento entre seres humanos a través de las diversas plataformas que existen dentro de la disciplina, sean impresos o digitales.

Cómo profesional involucrado en esta área, te has preguntado ¿para qué la sociedad necesita diseñadores de la comunicación visual? ¿O te pasa como a muchos de nosotros que sólo nos enfocamos en nuestras propias necesidades, en lo que nosotros queremos hacer?, ya sea por facilidad, afinidad o por un sinfín de creencias personales sobre lo que implica en nuestro particular punto de vista ser un diseñador. Echando un vistazo rápido y muy menguado de esta cuestión podemos intuir que hace algún tiempo era necesario integrar a un sistema económico y sociopolítico a una gran población por demás heterogénea. Este sistema necesitaba que dichos seres humanos se integraran a él de manera eficiente y eficaz.

Una buena iconografía, así como una buena señalización permitirían una adecuada movilidad dentro de los conglomerados urbanos –siempre con el fin del beneficio económico–, un buen mensaje publicitario influiría para hacernos consumidores obedientes. Así, nos hallamos ante la perspectiva de que un buen diseño gráfico o una buena comunicación visual permitió y permite difundir ideas y conceptos a una gran cantidad de seres humanos para integrarnos a un sistema económico y sociopolítico determinado por el lugar en donde nos encontremos en este planeta. Y, si se me permite el paréntesis, al hablar de buen diseño gráfico no me refiero solamente a altos valores estéticos sino a dar pauta a ciertas ideas en momentos oportunos.

En este sentido la propagación de ideas, modas, creencias, religiones, lenguajes, ciertas maneras de pensar va dando pie a la cultura de una sociedad, a través de ella podemos determinar lo que le importa a esa comunidad, en qué basan sus creencias, lo que quieren ser y cómo quieren lograrlo. He ahí que la función del diseñador de la comunicación visual tenga un papel preponderante dentro del tejido social en el que se encuentre.

© Ángel Uriel Pérez López
© Ángel Uriel Pérez López

Las ideas sin origen propio

Para este momento, espero se alcance a vislumbrar la diferencia entre transmitir ideas y generarlas. Me temo que en nuestro destacado papel profesional hemos sido partícipes de muchas transmisiones de ideas que hoy en día forman parte de las creencias de muchas personas, sin tener una plena consciencia de ello, de ahí que actualmente nos encontramos ante el hecho de que los humanos rara vez pensamos por nosotros mismos y que tal vez esa sea una de las tantas razones por las que vivimos en un planeta que nos ha vuelto competitivos, que hemos producido un ambiente dónde si no muerdes, te muerden, dónde si no compras, te compran, dónde si no piensas, alguien más pensará por ti.

Cientos de ideas que circulan por nuestra mente no tienen un origen propio, y me temo que ni siquiera una comprobación en la realidad, aunado al hecho de que sabemos menos de lo que creemos y que el pensamiento lógico ha ido menguando de nuestra manera de pensar y comprender el mundo, ya no en búsqueda de la resolución, sino en la mera delimitación de los problemas que se nos presentan, da como resultado un gremio de profesionales de las ideas un tanto descolocados de su quehacer profesional y a la espera de lo que otros quieran comunicar y cómo lo quieran hacer, sin tener en cuenta la afinidad necesaria a los propios valores, o a una visión integradora, veraz y que realmente ayude a incrementar y mejorar la calidad de vida de la comunidad para la que diseñamos.

Es preciso en este momento estar atentos, ya que por diversas causas estamos transitando por un camino que nos permitirá acceder a un cambio de paradigmas, para ello es necesario que detectemos nuestras creencias y nos detengamos a pensar en ellas, ya que podemos permitirnos demasiadas cosas, gracias a que existen y que determinan nuestro actuar cotidiano.

Algunos ejemplos de esto lo encontramos en los memes, esa unidad mínima de información de la transmisión cultural que sostienen todo el sistema de creencias o paradigmas con los que nos manejamos dentro de una sociedad, son una forma de entender la evolución cultural haciendo una comparación entre los genes y los memes. Los genes permiten la conservación de la especie, porque siguen –valga la redundancia– antiguos mandatos genéticos, que hoy podrían ser inútiles o incluso contraproducentes pero que hace setenta mil años tenían perfecto sentido evolutivo.

Paralelamente un meme hace referencia a patrones de conocimientos o comportamientos que pueden ser transmitidos de un individuo a otro, este nombre fue elegido por su similitud con las raíces de las palabras memoria y mimesis, así como por recordar al vocablo inglés gene, la gran dispersión de memes en nuestra actual manera de comunicación está dando paso a una forma de contenido mental basado en una analogía de la evolución darwiniana conocida como memética[1], e incluye una aproximación a modelos evolutivos de transformación de información cultural. En cierto sentido al viralizarlos, lo que hacemos es perpetuar un código de información poco útil, sólo como pasatiempo atendiendo a la premisa de si experimentas algo regístralo, si registras algo súbelo a la red. Si subes algo compártelo.

Otro ejemplo es el revuelo que causó en el medio gráfico, la nota del etiquetado frontal en los productos altos en azúcar y sodio, me llamó la atención que muchos diseñadores se opusieran o lo vieran como algo negativo para el gremio, cuando en realidad el que estos productos tengan un diseño tan atractivo y dirigido a grupos vulnerables es justo uno de los problemas de su excesivo consumo y por ende un gran problema de salud, reflejado en la gran cantidad de personas obesas, diabéticas e hipertensas por una alimentación deficiente, respaldada por la falsa seguridad que te da una publicidad engañosa de que lo que comes es sano. En este sentido, la Organización Mundial de la Salud (OMS)[2] ha emitido varias recomendaciones en políticas públicas donde incluye la restricción del marketing y de la publicidad y ha informado que la tasa de obesidad de adultos en México es de 28.9%, lo que lo coloca en primer lugar de América Latina y que ocupa el sexto lugar en los índices de obesidad en niños y adolescentes, en consecuencia, también crecieron las enfermedades crónicas vinculadas al sobrepeso y obesidad cómo son la diabetes y la hipertensión. De acuerdo con el Instituto Nacional de Salud Pública (INSP)[3] el aumento ha sido constante y para 2018 se contaban con 8.6 millones de pacientes con diabetes. En el caso de la hipertensión aumentó del 16.6% en el 2012 a 18.4%, en 2018, afectando a alrededor de 15 millones de mexicanos.

A pesar de que se han hecho llamados en diversos sentidos como la reformulación de sus productos reduciendo la cantidad de sal, azúcares, ácidos grasos, adoptar procesos éticos con el fin de proteger a la comunidad e incluso solicitar que el gobierno garantice que no se ejerza una influencia indebida sobre individuos resulta necesario para salvaguardar la integridad y la confianza. Aun muchos y destacados diseñadores, se sienten tristes y decepcionados ante la posibilidad de no poder seguir ejerciendo sus habilidades y aptitudes sin siquiera considerar otras opciones con miras a un bien común. Podemos darnos palmaditas en la espalda y decirnos que el problema es mucho más amplio que sólo el hecho de que la estética que rodea al producto opaque sus cualidades alimenticias, las ignore, o bien nunca le han resultado relevantes y que si el gobierno lo ordena y las empresas aceptan dirigirán sus servicios profesionales en ese sentido, dejando de lado la oportunidad de ser agentes de cambio y de hacerse responsable de la parte que le compete en este gran conflicto de interés. Una vez más se manifiestan el individualismo y la ceguera.

Se vuelve necesario considerar todo lo anterior como gremio, examinarlo compartiendo la responsabilidad, no limitándonos a escuchar unas cuantas ideas y estar o no de acuerdo con ellas, sino compartirlas. Con ello me refiero a prestarles atención, considerándolo como un problema importante, un problema que mueva la mente, el corazón, la fuerza vital, de lo contrario no hay un verdadero compartir, no hay comunión, no hay comunicación elementos necesarios para nuestra sobrevivencia que dan origen a la empatía y la compasión que nos permitirá tener una visión holística de la comunidad a la cual pertenecemos.

Antes se consideraba que a los humanos se les había otorgado la facultad de pensar, y eso es lo que nos permitía aprender y evolucionar, sin embargo, durante las últimas décadas los biólogos han llegado a la conclusión de que los humanos somos algoritmos, entendiendo por algoritmo “un conjunto metódico de pasos que pueden emplearse para hacer cálculos, resolver problemas y alcanzar decisiones”. Es decir, el método que se sigue para hacer el cálculo.[4] Hoy sabemos que los algoritmos que controlan a los humanos operan mediante sensaciones, emociones y pensamientos.

Gracias a eso, grandes empresas enfocadas en redes sociales saben tanto o mucho más que nosotros mismos sobre nuestros gustos, hobbies, preferencias ideológicas, sexuales o de pensamiento. Es tanta la información (el big data[5]) que ahora existen profesiones encargadas de analizar esos datos y hacerlos útiles al sistema en el que estamos inmersos, además estamos deseosos de darles cada día más y más información, baste ver la cantidad de personas a las que les encanta jugar con las aplicaciones que les dicen a qué Casa de Hogwarts pertenecen o cuál es su mayor fortaleza o cualidad después de llenar un breve cuestionario. Y no, no se trata de temerle a la tecnología o creer en “conspiraciones obscuras”, se trata de ser conscientes, de estar atentos y evaluar si quiero que mis datos sean del dominio público o no, si quiero ser analizado por los algoritmos necesarios para que me manden información del producto que en breve necesitaré. ¿Y los diseñadores visuales? Ahí siguen tras bambalinas, haciendo que esos lindos cuestionarios tengan un buen impacto, una ilustración adecuada y llamativa, que esa información pueda ser vista, presentada y comprendida a través de una óptima visualización de datos, o tal vez una infografía en el mejor de los casos clara y veraz, en caso contrario tal vez sesgada o manipulada para desinformar a nuestra comunidad.

Por lo tanto, se trata de investigar, de inquirir, de examinar las cosas que estén muy cerca de nosotros y que constituyen nuestra vida diaria, y por supuesto nuestro quehacer profesional. 

(Publicado el 4 de mayo de 2020)

Referencias


[1] En su libro “El gen egoísta” (1976), el etólogo Richard Dawkins inventó el término meme para describir una unidad de evolución cultural humana análoga a los genes, argumentando que la replicación también ocurre en la cultura, aunque en un sentido diferente. En su libro, Dawkins sostenía que el meme es una unidad de información residente en el cerebro y el replicador mutante en la evolución cultural humana. Es un patrón que puede influir sobre sus alrededores y es capaz de propagarse; puesto que los memes residen en la ideósfera, el contacto con las ideas de otra persona es el modo natural en que incorporamos memes.

En 2002 Susan Blackmore reelaboró la definición de meme como cualquier cosa que se copia de una persona a otra, ya sean hábitos, habilidades, canciones, historias o cualquier otro tipo de información. Además, afirmó que los memes, como los genes, son replicadores. Es decir, son informaciones que son copiadas con variaciones y selecciones. Puesto que sólo algunas de las variaciones sobreviven, los memes (y por tanto las culturas humanas) evolucionan.

Los memes se copian por imitación, enseñanza u otros métodos, y compiten por espacio en nuestros recuerdos y por la oportunidad de ser copiados de nuevo. Grandes grupos de memes que se copian y transmiten juntos se llaman memes complejos coadaptados, o memeplexes (del inglés meme complexs). En la definición de Blackmore, pues, la forma en la que un meme se replica es la imitación. Esto requiere capacidad cerebral para imitar general o selectivamente un modelo. Dado que el proceso de aprendizaje social cambia de una persona a otra, no puede decirse que el proceso de imitación sea completamente imitado. La igualdad de una idea puede ser expresada con diferentes memes de apoyo. Esto quiere decir que la tasa de mutación en la evolución memética es extremadamente alta, y que las mutaciones son incluso posibles dentro de todas y cada una de las interacciones del proceso de imitación.

Esto resulta muy interesante cuando advertimos que la cultura se crea por emisión de memes. Algunos de estos tipos de memes que tal vez han desempeñado un papel principal en la Historia, podrían ser, por ejemplo, los relacionados con la religión, que causaría un determinado efecto según las diferentes formas de conceptualizarla en las respectivas culturas y sociedades donde se desarrollase. Otros memes también significativos y dignos de estudio por separado serían el mercado libre, la propiedad privada, el comunismo, el capitalismo, etc. Cada meme podría según su potencia generar toda una filosofía o forma de vida, cambiando el curso de la humanidad.

[2] https://www.who.int/dietphysicalactivity/es/

[3] https://www.insp.mx/

[4] Homo Deus, Yuval Noah Harari. Pag 100

[5] El término “big data” es relativamente nuevo, se refiere a la acción de recopilar y almacenar grandes cantidades de información para su posterior análisis. El concepto cobró impulso a principios de la década del 2000 cuando el analista de la industria Doug Laney articuló la definición ahora muy popular del big data como las tres V’s: a) Volumen. Las organizaciones recopilan datos de diversas fuentes, incluyendo transacciones comerciales, medios sociales e información de sensores o que se transmite de una máquina a otra. En el pasado, almacenarlos habría sido un problema – pero nuevas tecnologías han aligerado la tarea. b) Velocidad. Los datos se transmiten a una velocidad sin precedentes y se deben distribuir de manera oportuna. c) Variedad. Los datos vienen en toda clase de formatos: desde datos numéricos estructurados en bases de datos tradicionales hasta documentos de texto no estructurados, correo electrónico, video, audio, datos de teletipo bursátil y transacciones financieras.

Pequeñas grandes cosas

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Por Blanca Alicia Carrasco Lozano.

Cada día nos despertamos con noticias que dan terror, al menos a mí me ponen a temblar y me hacen cuestionarme sobre el mundo que hemos creado para vivir. Medicamentos y alimentos adulterados con sustancias que ponen en riesgo la salud de quienes los consumen, engaños constantes en la calidad de los productos que las empresas producen y comercializan por todo el mundo. ¿Y la ética? ¿La integridad? ¿La consciencia? Esos valores de los que nos jactamos y que nos definen como “humanos” ¿Dónde están?

Detrás de cada escándalo –por deportistas lesionados, a causa de tenis mal hechos, por el agua suministrada en lugar de medicamentos especializados, por vacunas que (en lugar de prevenir) matan, o derivado de nuestro sistema económico actual y, en especial, del proceso de comercialización– tuvo que estar un diseñador, un profesional de la comunicación visual, o al menos tuvo que estar incómodamente cerca.

¿Qué pasa con la integridad de nuestro gremio?, en qué lugar de nuestros procesos de diseño la incluimos. Es más… ¿acaso la incluimos? ¿Cuántas veces hemos hecho nuestro trabajo sin poner consciencia en él, percibiéndolo como un hecho aislado y no como una red de sucesos que afectan a otros seres?

Sirva este intento para llevar a la reflexión, o al menos para plantear cómo es que coexistimos con la integridad, con la ética –más allá de la calidad en nuestro trabajo– y con la consciencia de ser parte de un gran rompecabezas social. Habrá muchos que, atentos a este tema, saldrán a decir que sí; que por eso se dedican a hacer los créditos de las películas, o que su desempeño profesional lo realizan en algún campo del diseño que no implique ceder, ignorar e incluso doblegar la consciencia del Ser. Estas líneas son para los “otros”, para aquellos que, por necesidad, por ignorancia o por afán de adquirir fama y de alimentar su ego, son partícipes de las grandes mentiras del sistema económico y político actual.

Sí bien es cierto que cada cabeza es un mundo, también sabemos que “cerca y juntos, como en nuestras manos los dedos”[1], son conceptos que nos pueden facilitar el camino; formamos parte de una red, de una comunidad e integramos este nodo –nos guste o no, lo queramos o no– y nos afecta directa o indirectamente.

Hace poco que como sociedad dejamos atrás la ilusión de tener estudios universitarios para ser y hacer una diferencia significativa en nuestro campo de estudio, hoy vemos a los universitarios que con obtener un “empleo” dentro de este enorme engranaje económico se dan por satisfechos, unos pocos más alcanzan a vislumbrar que tendrán que forjar ese “gran puesto” ellos mismos, sin embargo, el sistema con el que crecimos, para el que nos domesticaron se está desmoronando.

La sociedad requiere urgentemente contar con una comunidad de diseñadores y comunicadores visuales, atentos, despiertos, conscientes y comprometidos con su tarea, en quienes se pueda confiar, que sepan con total claridad que cada uno, desde su trinchera (profesores, alumnos y profesionales de la comunicación visual), está al pendiente de informar y comunicar con veracidad e integridad, de intervenir e interferir cuando sea necesario. De acuerdo con Harari: “es peligroso confiar nuestro futuro a las fuerzas del mercado, porque estas fuerzas hacen lo que es bueno para el mercado y no lo que es bueno para la humanidad o para el mundo”[2].

Hemos oído y repetido varias veces que el diseño tiene su base en la satisfacción de una necesidad, innata o adquirida y sabemos que profesionales de las ideas tienen una particular oportunidad de hacer una contribución personal al mundo que los rodea. Para que esta labor se realice con un alto grado de profesionalismo y responsabilidad, de una manera congruente y coherente, aquel diseñador debería conocerse y reconocerse como un ser humano integral y con una perspectiva holista[3], que cuente con bases firmes en teorías elaboradas por científicos reconocidos internacionalmente por sus aportaciones a la evolución del conocimiento humano, sería un gran apoyo. Sin embargo, a no ser que esta visión empiece a formar parte de la academia, el camino para lograrlo será arduo y me atrevo a decir que ya no contamos con tanto tiempo.

Los profesores, maestros, doctores en la materia, administrativos, donde se estudia y se aprende a ser un “diseñador o comunicador visual”, tienen la batuta. Son ellos quienes tienen que, o necesitan, comprender que sus alumnos –esos seres humanos con los que interactúan día con día–, encuentran su identidad y el significado a su vida a través de nexos con su comunidad, la naturaleza y con un código claro de interacción (a lo que comúnmente denominamos valores) y que necesitan del ejemplo, de la guía; de mentores comprometidos en comprender el aprendizaje y la motivación a través de la observación científica del comportamiento, sabedores de que los seres humanos tenemos una natural potencialidad para aprender. Los mentores deben reconocer que es más satisfactorio y enriquecedor para todos que los alumnos aprendan a aprender y que vean el aprendizaje como un proceso igualitario; que consideren las aulas como un lugar en donde se permita la franqueza y el desacuerdo y que mantengan dentro de ellas una estructura relativamente flexible; que estén convencidos de que hay muchas formas de enseñar y de aprender sobre un mismo tema. Se necesita que los maestros se vean a sí mismos como catalizadores o facilitadores, agentes del aprendizaje y no de otra causa.

De no hacerlo seguiremos proveyendo a la sociedad de diseñadores, sumisos, miedosos, y fragmentados. La ya mencionada visión holista[4] es un modelo educativo que cuenta con amplia aceptación de la Organización de las Naciones Unidas[5] (ONU), nos permite acercarnos a la forma de aprender-conocer-interactuar de un ser humano, permite incluir la idea del conocimiento como un bien social desde una visión integral multinivel y multidimensional. Saber que experimentamos y conocemos el mundo a través de las dimensiones: corporal, emocional, cognitiva, social, estética y espiritual y que podemos actuar desde diferentes niveles de conciencia que van desde lo personal, comunal, social, ambiental y cósmico –si se me permite el término–, nos permite un mejor conocimiento de uno mismo, vislumbrar dos caminos para afrontar las experiencias vivenciales (desde el miedo o desde el amor), que estamos hechos de relatos que nos hemos dicho a nosotros mismos y que es preciso remembrar para identificar su origen y así facilitar el desarrollo de conciencia y fomentar la armonía universal.

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© ÁNGEL URIEL PÉREZ LÓPEZ, 2019

Afortunadamente para los profesores comprometidos con las nuevas perspectivas de enseñanza, hablar de educación, estrategias educativas, procesos de enseñanza aprendizaje, generación de ambientes de aprendizaje más holísticos, sin duda ya no es tan problemático cómo hace 20 años, cuando la ONU a través de la UNESCO[6] recomendó la implementación de esta metodología para todas las escuelas. Mucho se ha avanzado desde entonces en valorar las pequeñas cosas de la vida cotidiana, comprendemos que las pequeñas cosas son las que evitan los naufragios. La educación da conciencia y existen valientes profesores que, en estos años, han explorado, modelado, integrado diversos sistemas educativos a su cátedra.

Paso a paso, nos vamos alejando de viejos paradigmas sobre lo que era “educar”, hoy vemos cada día formas más idóneas de fomentar la conjetura y el pensamiento divergente como parte del proceso creativo, actividades que procuran educar al cerebro entero, potenciar la racionalidad del hemisferio izquierdo con estrategias holistas no lineales e intuitivas, insistir en la confluencia y fusión de ambos procesos.

Para promover la escucha y obediencia a la autoridad de su propia voz interior, el alumno precisa de tener un profesor con una sana estima de sí mismo, un ego con pocas necesidades y una escasa necesidad de ponerse a la defensiva así podrá ocuparse de los resultados que cada individuo alcanza en función de su potencial interés por poner a prueba los limites externos, por trascender las limitaciones percibidas.

Una piedra angular en el ejercicio profesional del diseñador está en que si cada solución interfiere en la cotidianeidad de otro ser humano es preciso ser conscientes de que continuamente interferimos en la vida de otros cohabitantes del planeta, tener esa consciencia fomentaría la automotivación y la autorregulación para convertirnos en individuos integrales, holísticos.

Es preciso definir qué valores queremos que le den sentido a nuestro quehacer profesional, recordemos que “El sentido se crea cuando muchas personas entretejen conjuntamente una red común de historias”[7]. Si ya sabemos que lo que da sentido a los actos humanos es que la familia, los amigos y los vecinos compartan creencias, es momento de crear para nuestra profesión y ¿por qué no? para nuestras vidas, bucles más conscientes, vinculados a la integridad, al bienestar y al bien común.

Para tomar las decisiones correctas hay que conocernos y conocer más y mejor el mundo en el que estamos inmersos y por supuesto llevar la consigna de que a través de nuestro quehacer profesional podemos provocar en nosotros y en nuestra sociedad el gusto por la investigación, el conocimiento y la enseñanza. 

(Publicado el 12 de noviembre de 2019)

Fuentes de consulta:

  • Cebrián, J. L. (2000). La Red. Punto de Lectura, España.
  • Gallegos, R. (1999). Educación Holista, pedagogía del amor universal. Pax México. México.
  • Harari, Y. N. (2017). Homo Deus, breve historia del mañana. Penguin Random House. Debate. Barcelona.
  • Krishnamurti, J. (1983). La urgencia de una nueva educación. Orión. México.

[1] “In tloke in nauake yuhki tomanpiluan” Tradición oral de la cosmovisión Tolteca.

[2] Harari, Y. N. (2017). Homo Deus, breve historia del mañana. Penguin Random House.

[3] Fundación Internacional para la Educación Holista (Ramón Gallegos Nava) https://ramongallegos.com/

[4] Del griego “hólos” (entero, completo). El holismo es una posición metodológica y epistemológica según la cual el organismo debe ser estudiado no como la suma de las partes sino como una totalidad organizada, de modo que es el “todo” lo que permite distinguir y comprender sus “partes”, y no al contrario. Las partes no tiene entidad ni significado alguno al margen del todo, por lo que difícilmente se puede aceptar que el todo sea la “suma” de tales partes.

[5] https://www.un.org/es/

[6] https://es.unesco.org/

[7] Harari, Y. N. (2017). Op. cit.

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