| Resumen: En este artículo se analiza la creatividad bajo la perspectiva del desinterés y la anulación total de cualquier tipo de premio o reconocimiento hacia el creador de obras de arte, así como la perspectiva del creador artístico como alguien que abre su corazón a través de sus obras para compartir su visión del mundo de manera honesta. Se mencionan también la vida del monje indo-persa Bodhidharma como guía y ejemplo moral para conducirse por el camino de la creatividad, y la importancia de una visión creativa consciente y liberadora. Palabras clave: budismo zen, creatividad, arte y creatividad, teoría de la creatividad, filosofía budista |
| Abstract: This article examines creativity from the perspective of selflessness and the complete rejection of any form of reward or recognition for the creator of works of art, as well as the perspective of the artist as someone who opens their heart through their works to share their vision of the world honestly. It also discusses the life of the Indo-Persian monk Bodhidharma as a guide and moral example for walking the path of creativity, and the importance of a conscious and liberating creative vision. Keywords: Zen Buddhism, creativity, art and creativity, theory of creativity, Buddhist philosophy |
Traducido por: Luis Roberto Sánchez Mendoza. Recibido: 26 de enero, 2026. Dictaminado: 17 de marzo, 2026. Publicado: 6 de mayo, 2026
La perspectiva de la creatividad
Muchos textos se han escrito tratando de descifrar el enigma del acto creativo y las fuerzas que lo originan. Estos han tratado de desarrollar, ampliar y conducir a la energía creativa para resolver un problema específico en casi cualquier área del conocimiento humano. No dudo que alguno haya fomentado en sus lectores hábitos o métodos que en alguna etapa de su vida o su formación profesional los ayudaran a obtener mejores resultados en la manera que utilizaban su mente para lidiar y resolver los problemas. Pero en realidad se alejan de la esencia de la creatividad.
La importancia de plantear vías alternas de comprensión y ejecución de la creatividad es esencial en la época actual, cuando las nuevas generaciones de creadores se ven bombardeadas por información inmediata, fugaz y superficial que, más que ayudar a desarrollar una conciencia creativa, las orillan a la comparación, el autosabotaje y la frustración, al no sentirse en el mismo nivel de los personajes proyectados en las redes sociales, sin saber que lo que está ahí nada tiene que ver con el acto de la creación.
Puntualizar métodos o acciones para desarrollar la mente creativa a manera de manual o receta sería reducir la magia de la creatividad a generalidades alejadas del carácter de la persona que las lleva a cabo; los “métodos creativos” alejan a lo creado de su creador porque no están pensadas para actuar de manera personal, sino que son generados para lo colectivo, al igual que una receta de un pastel encontrada en un libro de cocina.
Separar el resultado creativo de su autor es imposible, una simbiosis irrompible. El creador se refleja en lo creado y viceversa, en una extensión que parte de la sensibilidad interna del productor y que se hace tangible en la materia y el sonido, en el mundo de lo físico. Este desenlace no es la expresión de la mente o el pensamiento: es la expresión del corazón. La perspectiva que comparto en estas líneas es la de la instauración del corazón libre como motor creativo: centrarnos en nuestro corazón es internarnos en la esencia de la creatividad.
Llevar a cabo métodos o sistemas que busquen ampliar nuestro panorama creativo sin cambiar nuestro corazón no tiene sentido; solo realizaremos algo de manera diferente por un corto lapso y después regresaremos a nuestras maneras habituales. Para que nuestro corazón se abra y observemos lo que de verdad dicta, muchas veces será necesaria una sacudida personal trascendente en nuestra historia de vida: un derrumbe.
La creatividad refleja nuestra visión del mundo y la forma en que sentimos y queremos que transcurra nuestra vida; esta busca resolver un problema que, en el caso del arte, consiste en responder la pregunta por el ser, explicar el tiempo y el espacio histórico en que se desarrolla la vida humana.
El arte es el campo de conocimiento y expresión humana más abierto que existe; no hay reglas ni límites; todas las posibilidades son válidas y, en muchos casos, difíciles de explicar con palabras o axiomas. En las matemáticas, dos más dos siempre serán cuatro: una noción comprobable en cualquier parte del mundo, cuyo resultado siempre ha sido el mismo a lo largo de la historia. En el proceso creativo, dos más dos equivalen a cualquier número, variable a través de la historia y el creador; por lo tanto, el resultado es reformable y subjetivo. Nadie es igual a nadie.
En la mutabilidad de la forma del arte radica su valor estético, su aportación al campo de la belleza en el mundo. La estética se presenta entonces como la gran apertura del corazón del creador a través de lo creado, donde ya no importa la forma, sino lo que está detrás de esta; aquello que le dio vida independientemente de sus detalles, colores o proporciones.
Buscar recetas para complacernos de manera inmediata con el producto de un proceso creativo obedece a la banalidad, al ego necesitado de tener siempre la razón y ser socialmente considerado un “genio”, un ser superior en la escala de la existencia humana, revestido con el halo del triunfo. Las grandes obras en las artes y la música han trascendido porque pusieron en primer plano la búsqueda de la belleza por encima de todo: la sociedad, los gremios artísticos, la moda, el dinero, la fama, el reconocimiento y al propio artista.
No hablo de preponderar el dolor, el sufrimiento ni la escasez económica como pago único del artista; eso es decisión del artista. Si vive en la opulencia o en la mendicidad por su trabajo, él lo define; no es ni bueno ni malo: solo una decisión.
Alejados de los textos y escritos del proceso creativo se encuentran el error y el fracaso, una dupla olvidada en las visiones triunfalistas y ganadoras en la carrera de la creación. A estos dos mecenas de la creatividad se les trata de relegar y esconder en el patio trasero de la historia personal del creador, cuando son las claves del crecimiento de un artista. Un artista vale por sus errores y no por sus aciertos.
El budismo zen
El budismo zen nació en China con la llegada, en el año 520 d. C., del monje indo-persa Bodhidharma[1], que al igual que su predecesor Siddhartha Gautama[2] —la primera persona de la que se tiene registro histórico en alcanzar la iluminación, nombrado como Buda—, provenía de una familia de alto linaje a la que renunció para encontrar su camino espiritual.
A su llegada a China, Bodhidharma se instaló en el monasterio Shaolin, ampliamente conocido por ser la cuna de las artes marciales de esa nación. La razón de que se trasladara allí desde la actual India fue la búsqueda de un budismo puro, alejado de la corrupción que imperaba en el sistema monástico, apegado al poder político y económico. Si bien China no era la excepción de este panorama, él tenía la premonición de que era necesario buscar la iluminación fuera de su yugo cercano.
El acontecimiento que marcó el inicio de su iluminación y a su vez el nacimiento del budismo zen fue cuando halló una pequeña cueva cerca del monasterio Shaolin, donde inicio una meditación en el fondo de la misma, de frente a la pared, que duraría nueve años. Meditar en chino se conoce como chan y en japonés, como zen.

Bodhidharma estableció que la manera real y efectiva para encontrar la iluminación era el acto meditativo, a la par de la vida ascética monástica, alejada de las tentaciones y las falsas necesidades humanas. El budismo chan llegó a Japón en el siglo xiii y se integró de manera importante en la cultura y las artes de Japón hasta nuestros días.
Un rasgo trascendental del pensamiento de Bodhidharma que marcó la línea ética del budismo zen es la doctrina del no mérito, punto focal de nuestro análisis de la creatividad. En la época de su nacimiento (siglo vi d. C.), el budismo era ya una religión bien establecida en la India y en China, con una relación muy cercana a las esferas políticas, donde los emperadores y señores feudales daban importantes donaciones, construían templos y mandaban crear esculturas de Buda con terminados en hoja de oro para acumular méritos que intercedieran en su karma para futuras reencarnaciones. Dado este panorama, Bodhidharma se centró en la regla del no mérito: ninguna acción, por bienintencionada que sea su naturaleza, tiene mérito, y la persona que busque algún tipo de pago o remuneración espiritual por sus acciones se encuentra estrictamente alejada del camino del zen.
Tal doctrina creó revuelo y conmoción en otras escuelas budistas, ya que limpió el camino verdadero hacia la iluminación, al no preocuparse por el pago de la iluminación misma; es decir, esta se logra al alejarse de la iluminación, que implica la gran paradoja de la práctica del budismo. Bajo esta perspectiva, las acciones se purifican como el agua cristalina de un río, porque no se espera nada a cambio de ellas y se realizan solo por la guía de su propia esencia y praxis. Junto con el no mérito como norma del desarrollo espiritual zen encontramos al desapego, que es la separación de las falsas necesidades que obstaculizan una mente pura. El apego es la necesidad que tiene nuestro ego de poseer, saber, acumular y, sobre todo, creer que conocemos, tenemos y pertenecemos.
A lo largo de la historia, el término ego ha tenido diferentes significados y definiciones, pero la constante es que se trata de algo alejado de la esencia de una persona y que no la determina en su esencia, pues es una apariencia.
El objetivo primario del sistema zen consiste en disolver por completo el ego. Siddhartha Gautama comprendió que el sufrimiento del ser humano son los apegos y los deseos marcados por la sociedad, además de los impulsos carnales. El sistema budista busca que cada persona se aleje de estas falsas necesidades en un camino de autosalvación.
El desapego propuesto por Bodhidharma es radical y sin consentimientos. El camino para lograr la libertad de la mente y la iluminación puede tener las huellas de la sangre si es necesario. Una de las muchas leyendas a partir de la vida, obra y relaciones que Bodhidharma estableció durante su estancia en China cuenta que dentro de su círculo cercano de monjes se encontraba un joven llamado Huike, quien vio en la personalidad de su maestro al que lo guiaría por el camino a la iluminación y la tranquilidad mental. Huike lo siguió en su meditación en la cueva, esperando pacientemente afuera como señal de que su petición de aprendizaje era verdadera, incluso en las épocas de fuertes nevadas invernales o bajo el calor agobiante del verano. La fuerte necesidad de Huike de encontrar el sosiego para su mente no queda del todo clara, y en algunos casos se ha mencionado que la razón de los tormentos que padecía eran resultado de haber asesinado a una persona con una espada durante una revuelta.
Un día salió Bodhidharma de su cueva para encontrarse con él. Después de una conversación sobre la situación de Huike, aquel estableció que la única forma de pacificar su mente sería cortando la mano con que había cometido el asesinato. De inmediato Huike se cortó una parte del brazo y la ofreció al maestro en un paño blanco como ofrenda expiatoria; en ese momento Huike logró la iluminación y fue el primer patriarca del budismo chan.

La derrota
La única línea liberadora del acto creativo es la de la derrota. ¿Cómo sería el corazón de un corredor que sabe que ya perdió la carrera antes de comenzarla? ¿Aun así participaría? Esta decisión expresa el enfoque que buscamos otorgar a nuestro acto creativo, al alejarnos de cualquier tipo de premio o reconocimiento. En un primer acercamiento, el término derrota puede sonar extremo, dramático y fatalista; quizá en otro contexto así sea, pero bajo la perspectiva de la creatividad es un acto liberador, que ofrece un espectro de acción ilimitada en total tranquilidad y paz, al no sentir la angustia del resultado final y la aceptación social.
La enseñanza que nos dejó Bodhidharma es la de abrir nuestro corazón sin esperar ningún tipo de pago, recompensa o elogio, porque esos manjares solo nos envenenan. El sendero de la creatividad es el camino del desinterés, de estar fuera de sí. Se han equivocado sustancialmente los que afirman que la creatividad se encuentra en el hemisferio derecho del cerebro: se encuentra en el corazón.
Así como Huike se cortó el brazo para apaciguar su alma y mente, nosotros debemos cortar de tajo los brazos ficticios creados por el ego, pues si los dejamos crecer terminarán por ahorcarnos a nosotros mismos. La derrota significa que, por más que el creador trate de alcanzar su meta, esta es inalcanzable: este se tiene que saber vencido y que, por más que se esfuerce, la anhelada obra perfecta nunca llegará. Por lo tanto, el camino de la creación desinteresada y pura germinará en una obra sin precedentes y contundente. La creatividad siempre es una acción que comienza mirando hacia abajo y nunca hacia arriba. Al mundo de la creatividad se entra de rodillas y por debajo. La creatividad es un ofrecer a los demás, un abrirse por completo; es compartir una visión del mundo, de la sociedad y de los sentimientos sin temor a la crítica o el rechazo.
Conclusiones
La creatividad es un camino largo, lleno de errores y dudas, que se tiene que recorrer de manera libre y espontanea. El sentido de lo aquí escrito no tiene otro objetivo que liberar de preocupaciones a quien decida adentrarse en ese maravilloso mundo. Disfrutarlo significa no esperar ningún tipo de pago, gloria ni reconocimiento. La disolución de uno mismo en el arte, la música o cualquier medio creativo implica trascender en otra dimensión, la de la belleza, y es menester separarla de la corrupción del halago y la comparación con los demás. El acto creativo puro, del corazón abierto, es en sí mismo único y contundente: no necesita explicaciones ni examinadores. La creatividad es inexplicable, indomable y refleja la energía de la existencia de un ser humano, por lo que no hay que mancharla con expectativas de ningún tipo. Parafraseando a George Bernard Shaw[3]: “Hay que alejarnos del soborno del cielo”. ¶
[.925 artes y diseño, Año 13, edición 50]
Referencias
Suzuki, Daisetz (2010) Budismo Zen (6ª ed.). Kairós.
Conze, Edward. (1997). El budismo: su esencia y desarrollo. Fondo de Cultura Económica.
[1] Bodhidharma fue un monje de origen indio, el vigésimo octavo patriarca del budismo y el primer patriarca legendario y fundador de la forma de budismo zen o chán.
[2] Siddharta Gautama o Buda (Lumbini, 563-Kushinagar, 483 a. C.). Príncipe de Kapilavastu, asceta, meditador, eremita y maestro espiritual. Sobre la base de sus enseñanzas se fundó el budismo.
[3] George Bernard Shaw (Dublín, 1856-Ayot St. Lawrence, 1950). Dramaturgo, crítico y polemista irlandés.
