| Resumen: El texto recoge el testimonio de Miguel Armenta Ortiz sobre la vida y legado de Antonio Salazar, pintor y docente vinculado al trabajo colectivo y social en México. A través de su amistad, se reconstruyen prácticas solidarias, activismo LGBTTTI+, trabajo colectivo en el Taller Documentación Visual y respuestas artísticas ante la crisis del VIH. El relato enfatiza la dimensión ética, humana y pedagógica de Salazar, cuyo impacto trascendió la obra material para inscribirse en la memoria de quienes convivieron con él. Palabras clave: memoria, activismo, trabajo colectivo, calidad humana, legado |
| Abstract: This text presents Miguel Armenta Ortiz’s testimony on the life and legacy of Antonio Salazar, a painter and teacher linked to collective and social work in Mexico. Through their friendship, solidarity practices, LGBTTTI+ activism, collective work in the Visual Documentation Workshop, and artistic responses to the HIV crisis are reconstructed. The story emphasizes the ethical, human, and pedagogical dimensions of Salazar, whose impact transcended his material work to become part of the memory of those who lived with him. Keywords: memory, activism, collective work, human qualities, legacy |
Traducido por: Luis Roberto Sánchez Mendoza. Recibido: 17 de diciembre, 2025. Publicado: 19 de febrero, 2026
La historia del arte y el diseño en México suele escribirse a través de catálogos, fechas de exposiciones y críticas académicas, sin embargo, existe una historia paralela, más cálida y vibrante, que se escribe en la memoria de quienes compartieron la Academia, el café y la vida. Al conversar con Miguel Armenta Ortiz, diseñador gráfico jubilado y veterano de las aulas de la hoy Facultad de Artes y Diseño (FAD)[1], uno descubre que el verdadero legado de un artista no reside solo en su técnica, sino en la calidad humana que desplegó ante sus pares.
Este texto es un testimonio recogido de la voz de Miguel, quien trabajó incansablemente en la docencia del diseño y la comunicación visual durante décadas. Pero hoy, su relato no se centra en su propia carrera, sino en la profunda amistad que forjó con el Dr. Antonio Salazar. Una relación que comenzó en el último tercio del siglo pasado y perduró, inquebrantable, hasta el 2016, año en que Salazar falleció. A través de los ojos de Armenta, reconstruimos no solo la figura de un artista clave para la gráfica social y la diversidad en México, sino la imagen de un “ser de luz” que, desde el silencio y la humildad, transformó la vida de quienes lo rodearon.
El encuentro: San Carlos, 1978
Para entender la magnitud de esta amistad, es necesario viajar a 1978. La Academia de San Carlos, con su arquitectura imponente y su aire cargado de historia, recibía a una nueva generación de estudiantes. Entre ellos estaba Miguel Armenta, recién ingresado a la licenciatura de Diseño Gráfico.
Miguel recuerda con nitidez cinematográfica aquel primer día. La clase era en el taller de serigrafía de Alberto Quinto. Al cruzar el umbral, el bullicio estudiantil se apagó frente a una imagen singular: “Justo cuando entramos al taller, encontré a un hombre barbudo. Estaba haciendo impresiones, era la única persona que se encontraba en el taller trabajando en ese momento…”, me cuenta Miguel con la mirada puesta en ese recuerdo.
Para el joven estudiante, la serigrafía era un mundo nuevo, pero lo que capturó su atención no fue la maquinaria, sino la temática que aquel hombre solitario imprimía con tanta dedicación. Eran carteles protagonizados por mujeres, abordando explícitamente temas lésbicos. En un México donde la disidencia sexual se vivía mayoritariamente en la penumbra, Antonio Salazar estaba ahí, imprimiendo a plena luz del día, apoyando la difusión de actividades de grupos vulnerables. “Me acerqué y vi su dedicación, porque él realmente estaba solo imprimiendo. Ese día tuve la oportunidad de volverlo a encontrar más tarde en el almacén y fue cuando lo abordé…”, relata Armenta.
Aquella pregunta inicial de Miguel sobre el contenido de los carteles desató una conversación franca. Antonio le explicó con naturalidad su contacto y apoyo a las lesbianas. De ese breve intercambio en un almacén de materiales surgió una amistad fraterna que definiría gran parte de la vida adulta de ambos.
La marcha del 79 y el peso de la historia
La relación entre Miguel y Antonio se cimentó en un momento histórico crucial: el nacimiento público del movimiento que hoy conocemos como comunidad LGBTTTI+. Apenas un año después de conocerse, en junio de 1979, se convocó a la primera marcha del orgullo en la Ciudad de México.
Antonio, ejerciendo ese liderazgo suave que lo caracterizaba, invitó a Miguel a participar. Armenta confiesa que su participación tuvo matices distintos a los de Salazar: “En algún momento coincidimos llevando la pancarta de hasta adelante. Me atreví porque era una manta muy grande, tal vez de seis metros, soportada por maderas. Solo había unos agujeros para ver hacia dónde nos dirigíamos; eso fue lo que me animó, el anonimato”.
Mientras Miguel se resguardaba tras la tela, Antonio caminaba con la convicción de quien sabe que está haciendo historia. Para Armenta, ese momento reveló la esencia de Salazar: un hombre dispuesto a poner el cuerpo por las causas en las que creía.
El carácter de Antonio: solidaridad y anonimato
A lo largo de nuestra conversación, Miguel insiste en una cualidad que parece definir a Antonio por encima de su talento artístico: la solidaridad. Si bien su primer contacto fue a través del apoyo a grupos lésbicos, Armenta pronto descubrió que la empatía de Salazar no tenía etiquetas restrictivas. Trabajaba por los homosexuales, pero también por cualquier grupo vulnerable de la época. “Como un ser solidario, fue un ejemplo para mí. Era un personaje muy empático, trataba de estar cerca y conciliar intereses…”, afirma Miguel.
Esta empatía se traducía en una metodología de trabajo colectiva. Armenta recuerda cómo Antonio organizaba reuniones para discutir temáticas de concursos de cartel, buscando siempre el consenso intelectual antes que la imposición estética. Y, sin embargo, lo más sorprendente para el entorno académico de San Carlos —un lugar donde el ego suele ser moneda corriente— era la humildad radical de Salazar.
Miguel destaca un detalle fascinante sobre la producción intelectual de su amigo: “Él se dedicaba a escribir artículos para la revista de la UNAM, pero nunca usaba su nombre personal. Firmaba como ‘Antonio Bañuelos’. Trataba siempre de manejar un bajo perfil”.
Incluso cuando su colectivo ganaba premios, Antonio se diluía en el grupo. No buscaba el aplauso para “Antonio Salazar”, sino el impacto del mensaje. Esta postura no era una pose, sino una convicción profunda de que el arte debía ser un servicio social y no un pedestal personal.
El Taller Documentación Visual y la crisis del VIH
Al indagar sobre el entorno creativo de aquellos años, Miguel aclara ciertos mitos. Si bien existían figuras como el crítico Armando Torres-Michúa[2] y un ambiente de apertura, no existía un “colectivo gay” formalmente constituido como tal en San Carlos. Lo que existía eran afinidades.
El Taller Documentación Visual (TDV), fundado por Antonio junto a Marco Aulio Prado y Sergio Carlos Rey, fue el espacio donde estas afinidades se profesionalizaron. Miguel fue un testigo privilegiado de su dinámica. “El objetivo auténtico era producir a partir de la cooperación…”, explica. “Sus obras no eran solamente producto de una creatividad desbordada, sino que todas tenían una intención intelectual muy específica”.
La producción del taller transitó por diversas temáticas, desde la apropiación de la cultura popular —con obras memorables como aquella titulada Nunca te enamores de un culero, que mostraba a un chico banda con estoperoles— hasta la crítica a la publicidad corporativa, resignificando imágenes de Pepsi Cola con cargas eróticas y políticas.
Sin embargo, la historia del taller y de Antonio dio un giro inevitable con la llegada de la pandemia del VIH/Sida[3]. A principios de los años ochenta, mientras la sociedad prefería mirar hacia otro lado, Antonio ya poseía información y la compartía. El tema se volvió central, no por moda sino por urgencia vital. “Era un tema soterrado del que no se hablaba mucho, pero que se vivía intensamente en la comunidad…”, reflexiona Miguel. El taller, bajo la guía intelectual de Antonio, comenzó a generar obras que visibilizaban la crisis, el miedo y la respuesta social ante el virus.
Jesús: el rostro del dolor y el amor
La narrativa de Miguel Armenta adquiere un tono más íntimo y conmovedor cuando habla de Jesús. Jesús apareció en la vida de Antonio casi al mismo tiempo que Miguel, en 1979. Proveniente de una familia numerosa, se convirtió en la pareja sentimental de Antonio y en una figura constante en su entorno. “Cuando Antonio no asistía a las exposiciones —porque nunca iba a sus propias inauguraciones—, me tocó ver a Jesús organizar el cóctel. Él daba cierto apoyo y presencia…”, recuerda Miguel.
La tragedia golpeó cuando Jesús fue diagnosticado con VIH en aquellos años tempranos y letales de la pandemia. Fue en este trance doloroso donde Miguel pudo presenciar la verdadera estatura moral de su amigo Antonio. “Admiro mucho a Antonio Salazar, precisamente porque esa calidad humana que manifestó siempre con Jesús se observó plenamente. Fue un compañero de vida hasta que la muerte los separó”.

a Jesús. Fuente: Arteinformado, https://www.youtube.com/watch?v=Z3-UaQzuMnc&rco=1
El deterioro de Jesús fue dramático, pero Antonio no solo lo cuidó con amor y empatía; también hizo de esa experiencia un testimonio artístico. Miguel menciona que en el último libro de Antonio hay fotografías donde aparece Jesús ya marcado por la enfermedad. Salazar dejó de buscar modelos externos y comenzó a trabajar con su propia realidad, convirtiendo el duelo y el amor en una postura política y estética frente a la muerte.
La amistad a prueba de todo
Miguel Armenta no solo fue espectador de la generosidad de Antonio, también fue beneficiario de ella. Durante la entrevista, Miguel hace una pausa emotiva para compartir una anécdota que ilustra la lealtad de Salazar.
Hubo un año en el que Miguel enfermó gravemente. Tuvo que pedir un permiso en la universidad y se quedó sin ingresos durante doce meses. En ese momento de vulnerabilidad absoluta, Antonio se hizo presente. “Él fue uno de los varios amigos que, sin pedirlo, me otorgaron su apoyo. Y no solo su apoyo de siempre, de amor y comprensión, sino que su respaldo fue económico. Antonio Salazar y otros amigos subsanaron mis gastos. Esa parte que yo conocí de él me reforzó el respetarlo, quererlo y admirarlo”.
Esta anécdota revela que el compromiso de Antonio con el “otro” no era un discurso teórico de taller, sino una práctica cotidiana.
Obras y proyectos pendientes
La relación entre ambos también estaba mediada por el arte. Miguel atesora obras que Antonio le regaló. “Me envió un cuadro después de una exposición diciéndome: ‘Esta es la obra que te gustó’. A mí me gustaban todas, pero él decidió regalarme esa…”, cuenta.
Como Antonio rechazaba la farándula de las inauguraciones, solía hacer recorridos privados para Miguel. “Me hacía una visita guiada de amigos, de iguales”. De esos encuentros surgió un proyecto que lamentablemente nunca se concretó: exponer la obra de Antonio en el espacio laboral de Miguel, cambiando las piezas cada mes para acercar el arte a la gente del barrio, a la comunidad, lejos de las galerías elitistas. Aunque no se realizó, la intención retrata perfectamente la filosofía de Salazar: el arte para todos.
El ocaso de un ser de luz
La última etapa de la vida de Antonio Salazar estuvo marcada por un problema cerebral que mermó sus facultades. Sin embargo, Miguel es enfático al describir este período no como una derrota, sino como una cosecha de amor. “Yo me emociono mucho cuando hablo de Antonio, porque siempre fue un ser de luz”, dice Miguel con la voz de quien supo amar y saberse amado.
Cuando la salud de Antonio decayó, se formó un círculo de protección a su alrededor. Miguel y otros amigos cercanos se organizaron para cuidarlo. Se turnaban para llevarlo al médico, a las terapias y vigilar su bienestar. “Todos teníamos cosas que hacer, pero con mucho amor y voluntad destinábamos tiempo para él. Los resultados médicos decían que estaba mermando, pero tuvo dignidad hasta para irse”.
En esos últimos años, Antonio contó también con la compañía de una nueva pareja, quien compartió con él el departamento al que acudían los amigos para asistirlo. Miguel se integró a este grupo de cuidado sin dudarlo, devolviendo un poco de lo mucho que había recibido.
Antonio falleció en 2016. Miguel no estuvo presente en el último suspiro, pero siente paz al respecto. “No fue necesario. Como amigos, como compañeros de vida y académicos, nos entregamos todo lo que se podía entregar”.
La huella indeleble
Al concluir nuestra charla, queda flotando en el aire una sensación de gratitud inmensa. El testimonio de Miguel Armenta nos permite ver a Antonio Salazar más allá de los libros de texto o los catálogos de diseño. Nos permite ver al hombre que caminaba solo leyendo un libro, al maestro riguroso que exigía excelencia intelectual, al activista que cargaba mantas en silencio y al amigo que sostenía económicamente a sus colegas en desgracia. “Los amores no se pierden nunca”, concluye Miguel. “Yo a él siempre lo voy a recordar como una persona importante en mi formación profesional y humana”.
Antonio Salazar dejó un legado impreso en sus escritos, obras y en la historia del Taller Documentación Visual, trabajos que permitirán a las futuras generaciones conocer su pensamiento. Pero su obra más frágil y hermosa reside en la memoria de amigos como Miguel Armenta, quienes dan fe de que, en medio de la tinta, la enfermedad y la lucha social, existió un hombre capaz de iluminar la vida de los demás con su inmensa humildad. ¶
[.925 Artes y Diseño, Año 13, edición 49]
[1] Facultad adscrita a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y que antes fue la Escuela Nacional de Artes Plásticas (ENAP).
[2] Armando Torres-Michúa (1944 — 1999). Catedrático, crítico de arte, curador y museógrafo mexicano.
[3] El VIH (virus de la inmunodeficiencia humana) es un virus que ataca a las células que ayudan al cuerpo a luchar contra las infecciones, haciendo que la persona sea más vulnerable a otras infecciones y enfermedades. Se transmite por contacto con determinados fluidos corporales de una persona con VIH, sobre todo durante las relaciones sexuales sin protección, o al compartir implementos para la inyección de drogas. Si no recibe tratamiento, el VIH puede conllevar a la enfermedad del sida (síndrome de inmunodeficiencia adquirida).




