Año 12 / edición 48 / noviembre 2025 - ISSN: 2395-9894

El ser y el archivar. Del papel del archivo en la era digital

25 noviembre, 2025

Si tomamos estas ideas de manera superficial, se podría pensar en el archivo como un medio pasivo, jerárquico y estático, una simple colección o un conjunto de objetos más o menos relacionados arbitrariamente, intencionalmente o no; sin embargo, la naturaleza del archivo es ser cambiante, dinámico y colectivo. Desde su delimitación en “La Arqueología del saber”, Foucault planteó el concepto de archivo no como un espacio o conjunto de elementos, sino como aquello que define los límites del discurso: un sistema subyacente que determina cómo ciertas ideas o saberes se producen y adquieren significado.

Esto se puede observar con el giro que ha sufrido el archivo, al pasar de una herramienta institucional de control a una acción para la democratización de la información (al menos parcialmente). Si bien, ha sido una actividad relegada estrictamente al museo y a instituciones burocráticas, archivar se ha convertido en una acción de hábito, instantánea y cotidiana.

Este cambio nos sitúa en una era donde somos información (Blasco, 2009), es decir, nos encontramos dentro de un mundo en el cual podemos archivar absolutamente todo y, cuando todo es archivable, el archivo se convierte en una forma de lenguaje en sí mismo. Por lo anterior, ya no es conveniente hablar del archivo como metáfora o alegoría, sino como una acción útil y necesaria para relacionarnos con nuestros alrededores. Esto convierte a la figura del artista, de una manera u otra, en una del artista como archivista, y, a su vez, transforma esta figura del artista como archivista, en una del artista como curador (Foster, 2004).

De esta manera, la acción de archivar se encuentra ligada profundamente a tres conceptos clave: memoria, curaduría y montaje. Se ha pensado en el archivo como un espacio neutro, estéril e inmóvil, dentro del cual yacen registros no-cambiantes de la historia y la memoria. No obstante, así como la memoria no es un espacio de almacenaje neutro, sino que inherentemente se desarrolla en locaciones y temporalidades sociales (Brouwer y Mulder, 2003), lo mismo ocurre con el archivo. Por lo tanto, archivar es, inherentemente, una acción de construcción de la memoria.

La acción de recordar requiere, a su vez, de las acciones de localizar, acceder, y reorganizar elementos, para dar una imagen aproximada a lo que fue. Una especie de simulación que, a su vez, también requiere de una curaduría de la información, así como de un montaje de esta, para dar sentido a la misma. Por ende, la memoria funciona simultáneamente como un archivo, pues mira al pasado para construir el presente y crear una imagen del futuro. De esta manera, el presente no existe como tiempo dentro del archivo, “el presente ha dejado de ser un punto de transición entre el pasado y el futuro, volviéndose en cambio el sitio de escritura permanente tanto del pasado como del futuro…” (Groys, 2014, pp. 68).

La acción de archivar se encuentra ligada profundamente a tres conceptos clave: memoria, curaduría y montaje.
Ilustración de Sebastián Vigueras © 2025.

Todo lo que se archiva se vuelve automáticamente un registro del pasado y es esta acción lo que lo convierte en una serie de cadenas de información, en espera de ser archivadas (Wolfgang, 2013). Entonces, la memoria se convierte en una red de archivos, de tiempos y, fundamentalmente, de información, que busca dar sentido a un tiempo específico. Por tanto, archivar en esta era se vuelve una actividad fundamental para relacionarnos con el mundo a través de la construcción y conservación de la memoria.

Dado el giro tecnológico del siglo XXI, en la actualidad nos encontramos con nuevas consideraciones sobre el archivo. Para empezar, todo posible registro del mundo exterior ha sido mecanizado, es decir, la manera en la que agrupamos información es, en su mayoría, a través de una máquina que captura y digitaliza la información. Ya establecimos que las posibilidades de que archivar son infinitas, pues todo es y puede transformarse en información.

Como Blasco (2009) destaca, el archivo no es un grupo más o menos ordenado de imágenes y textos, es una forma de mediación entre los seres humanos, una mediación a la que desde hace tiempo se llama sociedad de la información”, que nos incluye a nosotros mismos. También hay que destacar que, dentro de la máquina, esta información no es simplemente estática, sino que se rige e interpreta por y a partir del código que, a su vez, será interpretado para mostrar y transformar esta información de algo no visible a imagen, sonido, video, etc.

Este giro tecnológico trajo consigo cambios al arte, de entre los cuales podemos destacar el colapso del formato y del medio (Manovich, 2001). Esto provocó que dentro del arte ya no se hable exclusivamente de medios tradicionales (pintura, gráfica, escultura, etc.), pues las tecnologías nos han provisto de nuevas herramientas para la producción y experimentación de imágenes e información; dichas tecnologías también han cambiado la forma en que interactuamos con la información, desde la descentralización de la misma hasta la alteración de los modos de presentación y exhibición pública de las prácticas artísticas (Brea, 2014).

Al mismo tiempo, el acto de la digitalización de la imagen y de la información en general, presenta la posibilidad de escapar del museo o de cualquier lugar de exhibición estático y pasivo. Dentro del espacio del internet y de la máquina, archivar se convierte en una actividad inherentemente interactiva, algo que se transforma y regenera. Es por medio de la participación constante en un registro temporal que la acción de archivar se mantiene siempre accesible y transformativa, pues la digitalización misma permite reproducir información y hacerla circular libremente para que se distribuya a sí misma (Goris, 2004).

Aunque muchas veces se considere al internet como un espacio aislado, lo cierto es que este y la “realidad” (lo externo) han convergido. El arte post-internet es muestra de esto: ahora el internet no existe como una realidad simultánea y paralela a la nuestra, sino como un facsímil que hemos construido a partir de información archivada dentro de este. La definición de post-internet incluye no sólo al arte hecho a partir, a través y para el internet, sino también a aquello fuera de este que se encuentre influenciado por el mismo.

Internet ya no existe simplemente como un espacio dentro de la red, ahora atraviesa todos los aspectos de nuestra cotidianidad, como la manera en que interactuamos, construimos un lenguaje y archivamos. Esto cambia el “culto del objeto” por un “culto del sistema”, a través de la gestión de información, que es la manera como creamos realidades constantemente en el proceso de interacción e intervención.

Ahora bien, si la información se transforma en código, todo lo que navega dentro del espacio digital está compuesto por algoritmos; es decir, códigos programados de manera tal que obedecen el propósito de efectuar orden y respuesta dentro de un sistema y hacer visible lo invisible (Goris, 2004). Ya sean interfaces, sitios web, apps o cualquier otro sistema de interacción que requiera una orden y una respuesta para la manipulación de la información, el algoritmo está presente con el objetivo de dar un funcionamiento adecuado al sistema.

El algoritmo es un código que facilita que ciertas acciones se puedan realizar según una orden especifica, es decir, de una acción a una reacción. Por lo tanto, el algoritmo es: concreto, interactivo y responsivo (Manovich, 2009). Es a partir de estas habilidades que podemos considerar al algoritmo como un concepto que toma el lugar del archivo en el espacio digital.

Para el principio general de los nuevos medios existe una proyección de la ontología del computador hacia la cultura misma: en física el mundo está formado por átomos y en genética está formado de NES [genes]; la programación encapsula el mundo acorde a su propia lógica. El mundo se reduce a dos tipos de software, objetos que son complementarios unos a otros: estructuras de información (como bases de datos) y algoritmos (Manevich, 2001, p.5).

De este modo, el algoritmo se convierte en una forma fundamental para la experiencia, una manera de navegación fija, tanto dentro como fuera de la red y, en consecuencia, para nuestra construcción del mundo a través del registro de la memoria. Como resultado, el archivo se ve ahora remplazado por una realidad algorítmica que condiciona la manera en la cual construimos la memoria y, por tanto, damos un sentido a nuestra identidad y nuestro lugar en el mundo.

El archivar es una acción presente, cotidiana y casi intuitiva en la sociedad contemporánea. Si bien, siempre ha sido una acción presente y relevante en la conservación de la memoria y la vida del ser humano y su historia (tanto individual como colectiva), gracias al giro tecnológico del último siglo se ha convertido en una manera estándar de interactuar con el mundo; tanto para nosotros como para los demás. Es a partir de la acción de archivar que entendemos y otorgamos sentido al mundo que nos rodea. Asímismo, de archivar depende nuestro uso de la tecnología y, por tanto, de la digitalización de la información, Esto crea nuevas maneras de interactuar con la información dentro y fuera de la computadora, así como nuevas maneras de circulación, agrupamiento y comunicación de la información, ahora dadas y dictadas por la interfaz, el software y la codificación del espacio y el tiempo.

De esta manera, identificarnos en un espacio y un tiempo contemporáneo requiere de una navegación constante de algoritmos que funcionan como yacimientos de información constante y cambiante. Los algoritmos no sólo delimitan el discurso, sino que también requieren de una cantidad de información masiva para un funcionamiento apropiado, que es constantemente extraída y categorizada por las funciones mismas asignadas a este. Es decir, quien construye el algoritmo es tanto quien crea las acotaciones y maneras en que se experimenta el conocimiento, como quien extrae y transforma la información necesaria para entender el mundo a través de este.

Podemos concluir que, el algoritmo ocupa ahora el lugar del archivo y, en consecuencia, la forma en que construimos una memoria y una identidad. Así pues, el algoritmo se ha vuelto un ente presente en todas nuestras interacciones, y en la forma que interactuamos con la información, la memoria y el pasado. El ser público ha pasado quizá, de manera desapercibida, de constituirse a través del archivo a construirse, en gran parte, a partir de un algoritmo. ¶

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