Año 12 / edición 48 / noviembre 2025 - ISSN: 2395-9894

Universum, consideraciones sobre estética de Japón

24 agosto, 2025

Adelantándonos un poco, podríamos resumir que son cuatro las características que dan forma a la experiencia estética de la visión japonesa, a saber, su geografía, su historia, sus religiones (especialmente el Shintō y el budismo) y el periodo histórico conocido como Sakoku[2]. Así, podríamos preguntarnos: ¿qué es Japón?

Para el sintoísmo todo es sagrado, por ende, cualquier intermediario divino es válido, sea de la religión que sea. En la perspectiva animista, la sacralidad está dada per se y no importa el origen o forma del especialista ritual que opere

Japón es un país comprendido de un archipiélago localizado en Asia, ubicado en el océano Pacífico, limitando con Rusia, China, las Coreas y Taiwán. Aunque tiene diversas islas, son cinco las principales: Hokkaido, Honshu, Shikoku, Kyushu y Okinawa (Tanaka, 2011; Toledo, 1991). Sus cuatro estaciones o climas son muy marcados y diferenciados entre ellos, también presenta la existencia de tifones, siendo estos un fenómeno esencial para entender parte de su cultura.

Históricamente, comprende tres periodos principales (antiguo, feudal y moderno). Y es aquí donde elementos como el arte nos sirven de herramienta para comprender el sentido estético japonés (Tanaka, 2011; Toledo, 1991).

En primer lugar, tenemos tres periodos históricos (Jōmon, Yayoi y Kofun) donde el registro es arqueológico y sobre todo artístico (Tanaka, 2011, Toledo, 1991). Con la llegada de la época Yamato (entre el año 552 y 710) aparece el registro escrito y tendríamos acceso a una visión más completa del sentido estético japonés (Sullivan, 1969; Tanaka, 2011; Toledo, 1991). Históricamente, el primer texto con este enfoque en Japón es el Kojiki (o Furukotofumi), escrito en el año 712.

Materialmente, hablamos del uso de bronce y cerámica. En cerámica tenemos estilos de decorados de cuerda, así como decoraciones en los bordes. En el bronce tenemos campanas y espejos. Mientras que en hierro, armas y herramientas agrícolas. Pero hay algo que es esencial en este periodo que nos permite entender la sociedad y cultura japonesa.

En este momento histórico, había comercio y comunicación con Asia continental. Especialmente con Corea y China (Sullivan, 1969; Tanaka, 2011; Toledo, 1991). En este ir y venir de ideas, en el año 552, el budismo llega a Japón, influenciando profunda y definitivamente las percepciones culturales, sociales y artísticas. Sin embargo, la llegada del budismo a Japón no fue fácil, sencilla o, a veces, hasta bien recibida. Son dos las principales corrientes de budismo que llegaron (Theravada y Mahayana), lo cual representa el primer gran problema religioso (Sullivan, 1969; Tanaka, 2011; Toledo, 1991). Varios de los monjes, al ser de origen chino, se les mira con reserva. Puesto que se sospecha de acciones de espionaje o de querer favorecer acciones hacia el gobierno chino.

Sin embargo, más allá de las diversas escuelas o corrientes budistas llegadas y naturalizadas japonesas, es hasta el siglo XII que llegó el budismo chan desde China a Japón, siendo renombrado como Zen (Sullivan 1969; Tanaka, 2011; Toledo, 1991) fundando dos escuelas principales: la Rinzai (en el 1191) y Soto (en el 1227).

Este tipo de budismo gusta y empata muy bien con la floreciente clase guerrera japonesa (bushi)[3], la cual definirá y determinará la historia y cultura de Japón desde el periodo Kamakura (en 1185) hasta el fin del periodo Edo (en 1868).

En este punto reside uno de los pilares culturales y estéticos de Japón: la interacción con la naturaleza y la fe. Japón tiene como religión autóctona el sintoísmo. El sintoísmo tiene como base una función animista y politeísta (Alzola 2013; Carvalho, 2012). Este animismo comprende la realidad (expresada en la naturaleza) como viva en su totalidad. Todo tiene ánima/animus y la relación con ella implica una interrelación constante y dinámica.

Más allá de las naturalezas pacifistas (o no) del budismo, y su acoplamiento en la vida y cultura japonesa. Es el ámbito natural del sintoísmo que permite la práctica paralela inicial y, posteriormente, su asimilación (Miller, 2011; Parkes y Loughnane, 2024; Riviere, 1958, 1963).

En ese sentido, tengo una experiencia personal sobre este tema. En cierta ocasión, hablé con un amigo y colega japonés sobre el tema de la religión japonesa. Le expuse la duda de por qué, cuando los primeros emigrantes japoneses llegaron a México, estos pidieron traer un sacerdote budista y no un sacerdote sintoísta. Él me respondió que la respuesta era muy sencilla: para el sintoísmo todo es sagrado, por ende, cualquier intermediario divino es válido, sea de la religión que sea. Es decir, en la perspectiva animista, la sacralidad está dada per se y no importa el origen o forma del especialista ritual que opere.

Uno de los pilares culturales y estéticos de Japón es la interacción con la naturaleza y la fe

Este razonamiento me ha hecho pensar que la afirmación histórica y académica de que el budismo es un agente conformador de cambio y de identidad para el pueblo japonés no es tan unidireccional. Es decir, que probablemente existan aspectos del budismo japonés (teológicos, filosóficos, culturales) que su origen y práctica sean netamente japoneses.

Existe un segundo aspecto que ayuda a articular la estética con cultura japonesa: las temporadas de tifón en Japón (Shirane, 2013). Como comentamos anteriormente, Japón tiene sus cuatro temporadas estacionales muy marcadas y en estas hay un periodo temporal que va de julio a octubre, donde se producen tifones. Estos llegan a ser muy fuertes y peligrosos, haciendo que la población tenga que pasar largo tiempo en resguardo. Este periodo de resguardo ha servido para la familiarización y práctica de la introspección y vida interna.

Finalmente, el hecho de que Japón sea un archipiélago ha desarrollado un fenómeno muy curioso: la perspectiva o pensamiento isleño. Es decir, ha creado una perspectiva de autosuficiencia y autorreferencia. Sin embargo, esta perspectiva no es netamente o, más bien, a causa total de su situación geográfica, sino también por el fenómeno de Sakoku (鎖国, país en cadenas o cierre del país)[4].

El primer intento de abrir e integrarlos al mundo occidental moderno se da en 1853 con las acciones de Estados Unidos y el comodoro Perry[5]. Sin embargo, esto tardó en lograrse hasta después —y a causa— de la Segunda Guerra Mundial. Y es con los resultados de la guerra que el gobierno japonés enfoca sus actividades y políticas a corrientes y propuestas muy diferentes que se verán concretadas en fenómenos como el soft power o el cool japan.

En ese sentido, el estatus del Japón moderno (y posiblemente a lo largo de gran parte de su historia) se podría resumir en cinco conceptos (Miller, 2011; Munroe, 1994; Shuzo y Falero, 2007):

También hay que aclarar que hay ejemplos de cómo Japón se integra al mundo y a la estética moderna, pero bajo sus propios términos. En el caso de la estética japonesa, no es un caso donde se adopten corrientes o propuestas extranjeras y simplemente se copien o emulen. Son más bien dos corrientes o herramientas prácticas. Una adaptación y propuesta que es consumida, adaptada y devuelta hacia el extranjero. O una propuesta directamente adaptada a cánones extranjeros, pero de temáticas y espíritu japonés. ¶

Andrés Alzola, S. (2013). Signos de Wabi Sabi, Mono no Aware y Yügen en el Land Art europeo de la década de los setenta. Los paseos de Hamish Fulton y Richard Long como ejemplo paradigmático (Tesis doctoral no publicada, Universitat Politècnica de València). https://doi.org/10.4995/Thesis/10251/31647
Appadurai, A. (2001). La modernidad desbordada. Dimensiones culturales de la globalización. Flacso-FCE.
Carvalho, T. M. (2012). Arte e natureza no budismo japonês: Recursos conceptuais para uma estética do ambiente (Tese de doutoramento, Universidade de Lisboa, Faculdade de Letras). https://repositorio.ulisboa.pt/handle/10451/5725
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Giesecke, M. (2011). Diseño industrial y estética del movimiento: Influencia de los valores estéticos en la historia de los medios gráficos en Europa y Japón. Palabra Clave, 14(2), 345–356.
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Kuki, S. y Falero, A. J. (2007). Iki y fūryū: Ensayos de estética y hermenéutica. Institució Alfons el Magnànim – Diputació de València.
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Riviere, J. M. (1958). El arte y la estética del budismo. Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM.
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Sullivan, M. (1969). Las bellas artes: Arte chino y japonés. Grolier.
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Toledo, D. (Coord.). (1991). Japón: Su tierra e historia. El Colegio de México.
Yonemura, A. (1995). Art in context: Aesthetics, environment and function in the arts of Japan. Inter-American Development Bank. https://doi.org/10.18235/0007915


Licenciado en arqueología por la ENAH, ex curador de las exposiciones “Instrumentos de Tortura y Pena Capital”, “Leonardo y las máquinas”, “Vampiros y hombres lobo”, “Asesinos seriales y pena de muerte” y actualmente curador de la exposición “Brujas, ¿diosas olvidadas o amantes del diablo?"
Especializado en historia y antropología de la religión, así como colaborador de diversas revistas y portales de comunicación.

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