Año 12 / edición 48 / noviembre 2025 - ISSN: 2395-9894

Cerámica y kintsugi, otra interpretación de la belleza


Me dedico a crear objetos de cerámica de uso cotidiano y hace algunos años comencé a tener inquietudes sobre la sustentabilidad y su relación con mi oficio. Determinada a crear prácticas sostenibles en mi trabajo, decidí viajar a Japón ya que intuía que su visión del mundo era distinta, con una espiritualidad ligada a la naturaleza. Allá descubrí no solo una relación simbiótica con el entorno, sino que el pensamiento zen inunda la cultura y aporta una sensibilidad estética distinta. En los talleres que visité, observé cómo el proceso creativo no estaba centrado en la perfección, sino en la funcionalidad, el respeto al material y la contextualización del objeto en la vida cotidiana. Esta comprensión cambió por completo mi manera de ver la cerámica, sobre todo el kintsugi que no solo es una práctica sustentable, sino que apoya su valor en conceptos estéticos muy antiguos.

La ceremonia del té es un ejemplo claro de esa sensibilidad. En ella se busca alcanzar la iluminación mediante la indiferenciación, liberándose de la dualidad, como vida/muerte, yo/otro, o bello/feo (Soetsu, 1972, pp. 127-130). El filósofo Yanagi Soetsu declara en una serie de textos cómo es que los principios zen influyen en el camino del té; su interés reside en la conexión con la artesanía, en especial los utensilios empleados. Los grandes maestros del té no elegían los chawan o cuencos de té por su decoración o autoría, su sentido estético los llevó a seleccionar cuencos sencillos. Eran objetos de uso diario fabricados por artesanos anónimos que los producían sin ninguna premeditación estética, nunca bocetaban o dedicaban pensamiento alguno a su forma, color o acabado; eran fruto de la utilidad y la repetición, siendo así liberados de la dualidad de la belleza o la fealdad (Soetsu, 1972, pp. 177-189).

Los primeros objetos reparados con kintsugi fueron los chawan, lo que refuerza la conexión entre esta práctica y los valores estéticos del budismo zen. El primer concepto que influye en la selección de un chawan es la belleza muji, definida como una belleza plana y sencilla, sin patrón alguno; representa la humildad de lo no diseñado, lo no controlado. Entonces un simple cuenco para arroz, sin decorado, podía convertirse en un venerado recipiente para té. Este tipo de apreciación es considerado la sensibilidad máxima y de ahí brotan los principios de shibui, wabi y sabi (Soetsu, 2018, p. 160), los cuales harán ver el kintsugi desde la visión estética japonesa. No existe una traducción directa de estas palabras en otros idiomas que las representen fielmente, y diferentes autores las han interpretado de distintas maneras, así que a continuación se describen de una manera que considero las representan mejor para entender el valor de la práctica.

Shibui es descrito por Yanagi como austeridad, sencillez, tranquilidad, profundidad y pureza, una belleza que emana desde dentro, que es sutil. Es algo que un objeto simplemente posee, no es algo que pueda ser introducido o premeditado. Se cree que este concepto ha permeado en la sociedad y sirve de guía para elegir a los objetos que acompañan a los japoneses en la vida, es el estándar de belleza fuera de las modas (Soetsu, 2018, pp. 155-159).

Wabi es entendido como una sencillez serena, es la elegancia que se logra destacando los colores y formas naturales inherentes a los materiales (en este caso la arcilla), con o sin intervención del hombre (Teiji, 1993, p. 7). El cuenco conocido como Kizaemon Ido, fabricado por un artesano coreano desconocido, es considerado una gran obra maestra; fue creado sin pretensiones y con los materiales disponibles en el entorno. Su superficie imperfecta, el esmalte descuidado y la ausencia de decoración transmiten una sensación de humildad. En su creador no existía un sentido de expresión de la individualidad, alejándose así de la pretensión (Soetsu, 1972, pp. 190-196).

Cuenco Kizaemon Ido. Corea. Dinastía Yi (Siglo XVI)

Sabi significa pátina y habla sobre la belleza acumulada con el paso del tiempo. Es una belleza que se incrementa por la historia compartida con quien utiliza un objeto; se basa en el ciclo natural de la vida orgánica, donde todo lo que es creado finalmente regresa a la tierra, naciendo y renaciendo una y otra vez (Teiji, 1993, p.7). Desde esta perspectiva, los objetos son bellos por la intimidad que establecen con las personas. Utilizar continuamente un objeto frágil como la cerámica puede provocar su ruptura y el kintsugi permite que esa relación de intimidad continúe, profundizando así su valor estético. Se repara por el vínculo emocional creado con el objeto.

La reparación es algo común en Japón, los objetos en general son tratados con extremo cuidado, y esto tiene que ver con la noción cultural mottainai, que comunica la idea de que desperdiciar es lamentable: “las cosas deben dejarse imperturbadas, aunque sean útiles, por lo tanto, si se utilizan es una pena desperdiciarlas” (Ueda, 2010, p. 74). Está influenciado por el animismo, que otorga un espíritu a todo lo que nos rodea, impulsando el cuidado, la reparación y el uso prolongado los objetos.

Ningún tipo de objeto está exento de esta consideración. En uno de mis viajes por Kagoshima, vi cómo los alfareros reparaban herramientas simples, como los secadores de yeso, tejiéndolos con cintas de paja de arroz. Nada se desperdicia si aún es útil.

Esta actitud, profundamente enraizada en la cultura japonesa, se traduce en un respeto que trasciende lo material. Los artesanos que están involucrados en todas las fases de la producción aprenden a atesorar cada gramo de material, ya que saben lo difícil que resulta su recolección. La idea de deshacerse de una simple herramienta y sustituirla por una nueva ni siquiera es considerada.

Placas de yeso reparadas con cinta de paja de arroz. Taller Hongama, Kagoshima, Japón (2018)

En la Antigüedad, la reparación era mucho más común, ya que no había abundancia de objetos como ahora. No obstante, no se tiene certeza del origen del kintsugi; cuenta la leyenda que el shogun Ashikaga Yoshimitsu dejó caer uno de los preciados chawan y lo mandó a reparar a China. Al recibirlo de vuelta, el resultado no fue de su agrado, ya que en China las piezas de cerámica eran reparadas siendo perforadas y después cosidas con una grapa de hierro, lo que le pareció desagradable. Después del disgusto, el shogun ordenó a unos artesanos japoneses la reparación del chawan, y éstos, utilizando las técnicas del urushi o la laca de árbol, encontraron la forma de destacar las imperfecciones al reparar las grietas y resaltarlas con oro, acrecentando su belleza.

Esta leyenda relata un suceso que no concuerda del todo con los principios de la apreciación estética japonesa. Dicho cuenco se encuentra en el Museo Nacional de Tokio y conserva la reparación realizada en China. Lo anterior hace pensar que, en contraste con la leyenda, el shogun Yoshimitsu y los maestros del té de la época, lejos de sentir disgusto, encontraron que las reparaciones, expuestas de manera tan honesta, añadían belleza al objeto, como se expresa en el concepto sabi (NICH, 2025).

Cuenco para té celadón reparado con grapas de hierro. China. Dinastía Song (Siglo XII)

Existen otros relatos antiguos relacionados con la ceremonia del té que hablan de otras instancias donde pudo haber surgido la práctica. En ellos solamente se menciona que las reparaciones hechas aumentaban la belleza de la pieza, pero no hay mención del uso de oro. No obstante, sí se tiene registro de que las nociones de la apreciación estética japonesa y la ceremonia del té se originaron en el periodo Muromachi en el siglo XIV, pero las piezas reparadas con kintsugi más antiguas datan del Edo en el siglo XVII.

El mismo nombre de la técnica indica la utilización del oro: kin, que significa oro y tsugi, remiendo. No obstante, lo aprendido hasta ahora nos invita a reflexionar que tal vez el valor de la práctica del kintsugi no está necesariamente en el oro, sino en el acto mismo de reparar un objeto cercano a nosotros. La inclusión del oro puede entenderse como parte de una evolución estética más actual, donde la técnica conserva su esencia, la acción de reparar al objeto para que continúe siendo parte íntima de la vida de su poseedor. No importa si la reparación es visible o invisible, si se hace con grapas o con oro. De esta forma, el oro no es ostentación, sino un símbolo de cuidado.

Cuenco para té shino reparado con kintsugi. Japón. Showzi Tsukamoto (2017)

La creencia sobre el kintsugi es que los objetos que son reparados con dicha técnica dejan de ser perfectos y eso les aporta belleza ha provocado que las personas rompan piezas con la intención de repararlas y aumentar su valor. No obstante, la valorización de la imperfección en la estética japonesa, en los escritos de Yanagi se habla de una imperfección no deliberada (Soetsu, 2018). Desde la apreciación estética zen, la belleza de la irregularidad se encuentra entre la dualidad de la perfección y la imperfección, así como el concepto de shibui: no es algo que se crea, es algo que simplemente está. Un objeto reparado es imperfecto, pero esta irregularidad no es provocada, reforzando que la clave de la belleza de un objeto reparado se encuentra en su uso, en el vínculo emocional creado con su usuario, que es la causa de la rotura y la consecuente reparación.

En conclusión, interpretar la belleza desde el punto de vista estético japonés significa ver con los sentidos y no con la mente. Esto requiere experimentar la belleza en acción, interactuar con los objetos y construir intimidad con ellos. Como creadora, busco que mis objetos sean capaces de generar estas relaciones íntimas con quienes los utilizan. Aunque mis piezas contienen una premeditación estética inevitable, disfruto pensar que su belleza nacerá y aumentará con su uso, y que, si se rompen, la experiencia emocional compartida con su usuario los llevará a ser reparados, tal vez con pegamento, con grapas o con kintsugi, pero dando continuidad al vínculo de afecto. ¶

Itoh, T. (1993). Wabi Sabi Suki, The Essence of Japanese Beauty. Mazda Motor Corporation
Tokyo National Museum. (s.f.) Celadon porcelain bowl, named Bakōhan. https://emuseum.nich.go.jp/detail?%20langId=en&webView=null&content_base_id=100886&content_part_id=001&content_pict_id=008
Ueda, A. (2010). The culture of ‘mottainai’ seen as symbiosis between Japan’s ceramic-producing regions and the natural environment. Part I: The Tokoname region of Aichi prefecture. The Science of Design: Bulletin of JSSD, 57(1), 1-8.
Yanagi, S. (1972). The Unknown Craftsman. Kodansha International
Yanagi, S. (2018). The Beauty of Everyday Things. Penguin Classics

En 2019 recibió el grado de Maestra en Diseño Industrial por la UNAM, realizando una estancia de investigación sobre cerámica, sustentabilidad y cultura en el Laboratorio de Cultura y Diseño de la Universidad de Chiba. Profundizó su formación como ceramista en el CAO (Aguascalientes), CASA (Oaxaca) y EC de (Chiba). Participó en el 44 Premio Nacional de la Cerámica y en la 10ª y 11ª Bienal de Cerámica Utilitaria Contemporánea y fue becaria de Jóvenes Creadores (SC, 2023). Se desempeñó como docente en la Ibero (2019–2023). Actualmente produce cerámica de uso cotidiano construida a mano.

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