| Resumen: La reparación de piezas cerámicas con oro, conocida como kintsugi, ha crecido en popularidad en los últimos años. Esta práctica es visualmente impactante, comúnmente se interpreta como el realce de la imperfección a través del uso del oro, sin embargo, bajo la mirada estética japonesa, podemos inferir que el origen de la belleza del kintsugi surge de la intimidad que se crea con los objetos a través de su uso y el deseo de continuarla. En este artículo se explora el kintsugi a través de conceptos estéticos japoneses como muji, shibui, wabi y sabi, así como el precepto mottainai, que brotan desde el budismo zen. Palabras clave: Kintsugi, estética, intimidad, reparación, imperfección |
| Abstract: The repair of ceramic pieces with gold, known as kintsugi, has grown in popularity in recent years. This practice is visually striking and is commonly interpreted as the enhancement of imperfection through the use of gold. However, from a Japanese aesthetic perspective, we can infer that the beauty of kintsugi stems from the intimacy created with objects through their use and the desire to continue that intimacy. This article explores kintsugi through Japanese aesthetic concepts such as muji, shibui, wabi, and sabi, as well as the mottainai precept, which stem from Zen Buddhism. Keywords: Beauty, Intimacy, Use, Repair, Imperfection |
Traslated by Luis Roberto Sánchez Mendoza. Recibido: 5 de mayo, 2025. Dictaminado: 3 de junio, 2025. Publicado: 24 de agosto, 2025
Ana Lizeth Hermosillo Gutiérrez
Introducción
Reparar un objeto para prolongar su vida y adornarlo con oro para celebrar su historia es una idea que resulta profundamente poética. La práctica japonesa del kintsugi o remiendo de oro ha capturado el interés de Occidente en los últimos años, llegando incluso a utilizarse como metáfora de sanación emocional: la reparación del alma apreciando las cicatrices de la vida. Sin embargo, si consideramos su nacimiento dentro de un contexto específico: la ceremonia del té, regida por el budismo zen y los principios esenciales de la estética japonesa tradicional, podemos mirar que la belleza contenida en esta práctica va más allá.
Me dedico a crear objetos de cerámica de uso cotidiano y hace algunos años comencé a tener inquietudes sobre la sustentabilidad y su relación con mi oficio. Determinada a crear prácticas sostenibles en mi trabajo, decidí viajar a Japón ya que intuía que su visión del mundo era distinta, con una espiritualidad ligada a la naturaleza. Allá descubrí no solo una relación simbiótica con el entorno, sino que el pensamiento zen inunda la cultura y aporta una sensibilidad estética distinta. En los talleres que visité, observé cómo el proceso creativo no estaba centrado en la perfección, sino en la funcionalidad, el respeto al material y la contextualización del objeto en la vida cotidiana. Esta comprensión cambió por completo mi manera de ver la cerámica, sobre todo el kintsugi que no solo es una práctica sustentable, sino que apoya su valor en conceptos estéticos muy antiguos.
La ceremonia del té es un ejemplo claro de esa sensibilidad. En ella se busca alcanzar la iluminación mediante la indiferenciación, liberándose de la dualidad, como vida/muerte, yo/otro, o bello/feo (Soetsu, 1972, pp. 127-130). El filósofo Yanagi Soetsu declara en una serie de textos cómo es que los principios zen influyen en el camino del té; su interés reside en la conexión con la artesanía, en especial los utensilios empleados. Los grandes maestros del té no elegían los chawan o cuencos de té por su decoración o autoría, su sentido estético los llevó a seleccionar cuencos sencillos. Eran objetos de uso diario fabricados por artesanos anónimos que los producían sin ninguna premeditación estética, nunca bocetaban o dedicaban pensamiento alguno a su forma, color o acabado; eran fruto de la utilidad y la repetición, siendo así liberados de la dualidad de la belleza o la fealdad (Soetsu, 1972, pp. 177-189).
Los primeros objetos reparados con kintsugi fueron los chawan, lo que refuerza la conexión entre esta práctica y los valores estéticos del budismo zen. El primer concepto que influye en la selección de un chawan es la belleza muji, definida como una belleza plana y sencilla, sin patrón alguno; representa la humildad de lo no diseñado, lo no controlado. Entonces un simple cuenco para arroz, sin decorado, podía convertirse en un venerado recipiente para té. Este tipo de apreciación es considerado la sensibilidad máxima y de ahí brotan los principios de shibui, wabi y sabi (Soetsu, 2018, p. 160), los cuales harán ver el kintsugi desde la visión estética japonesa. No existe una traducción directa de estas palabras en otros idiomas que las representen fielmente, y diferentes autores las han interpretado de distintas maneras, así que a continuación se describen de una manera que considero las representan mejor para entender el valor de la práctica.
Shibui es descrito por Yanagi como austeridad, sencillez, tranquilidad, profundidad y pureza, una belleza que emana desde dentro, que es sutil. Es algo que un objeto simplemente posee, no es algo que pueda ser introducido o premeditado. Se cree que este concepto ha permeado en la sociedad y sirve de guía para elegir a los objetos que acompañan a los japoneses en la vida, es el estándar de belleza fuera de las modas (Soetsu, 2018, pp. 155-159).
Wabi es entendido como una sencillez serena, es la elegancia que se logra destacando los colores y formas naturales inherentes a los materiales (en este caso la arcilla), con o sin intervención del hombre (Teiji, 1993, p. 7). El cuenco conocido como Kizaemon Ido, fabricado por un artesano coreano desconocido, es considerado una gran obra maestra; fue creado sin pretensiones y con los materiales disponibles en el entorno. Su superficie imperfecta, el esmalte descuidado y la ausencia de decoración transmiten una sensación de humildad. En su creador no existía un sentido de expresión de la individualidad, alejándose así de la pretensión (Soetsu, 1972, pp. 190-196).
Sabi significa pátina y habla sobre la belleza acumulada con el paso del tiempo. Es una belleza que se incrementa por la historia compartida con quien utiliza un objeto; se basa en el ciclo natural de la vida orgánica, donde todo lo que es creado finalmente regresa a la tierra, naciendo y renaciendo una y otra vez (Teiji, 1993, p.7). Desde esta perspectiva, los objetos son bellos por la intimidad que establecen con las personas. Utilizar continuamente un objeto frágil como la cerámica puede provocar su ruptura y el kintsugi permite que esa relación de intimidad continúe, profundizando así su valor estético. Se repara por el vínculo emocional creado con el objeto.
La reparación es algo común en Japón, los objetos en general son tratados con extremo cuidado, y esto tiene que ver con la noción cultural mottainai, que comunica la idea de que desperdiciar es lamentable: “las cosas deben dejarse imperturbadas, aunque sean útiles, por lo tanto, si se utilizan es una pena desperdiciarlas” (Ueda, 2010, p. 74). Está influenciado por el animismo, que otorga un espíritu a todo lo que nos rodea, impulsando el cuidado, la reparación y el uso prolongado los objetos.
Ningún tipo de objeto está exento de esta consideración. En uno de mis viajes por Kagoshima, vi cómo los alfareros reparaban herramientas simples, como los secadores de yeso, tejiéndolos con cintas de paja de arroz. Nada se desperdicia si aún es útil.
Esta actitud, profundamente enraizada en la cultura japonesa, se traduce en un respeto que trasciende lo material. Los artesanos que están involucrados en todas las fases de la producción aprenden a atesorar cada gramo de material, ya que saben lo difícil que resulta su recolección. La idea de deshacerse de una simple herramienta y sustituirla por una nueva ni siquiera es considerada.
En la Antigüedad, la reparación era mucho más común, ya que no había abundancia de objetos como ahora. No obstante, no se tiene certeza del origen del kintsugi; cuenta la leyenda que el shogun Ashikaga Yoshimitsu dejó caer uno de los preciados chawan y lo mandó a reparar a China. Al recibirlo de vuelta, el resultado no fue de su agrado, ya que en China las piezas de cerámica eran reparadas siendo perforadas y después cosidas con una grapa de hierro, lo que le pareció desagradable. Después del disgusto, el shogun ordenó a unos artesanos japoneses la reparación del chawan, y éstos, utilizando las técnicas del urushi o la laca de árbol, encontraron la forma de destacar las imperfecciones al reparar las grietas y resaltarlas con oro, acrecentando su belleza.
Esta leyenda relata un suceso que no concuerda del todo con los principios de la apreciación estética japonesa. Dicho cuenco se encuentra en el Museo Nacional de Tokio y conserva la reparación realizada en China. Lo anterior hace pensar que, en contraste con la leyenda, el shogun Yoshimitsu y los maestros del té de la época, lejos de sentir disgusto, encontraron que las reparaciones, expuestas de manera tan honesta, añadían belleza al objeto, como se expresa en el concepto sabi (NICH, 2025).
Existen otros relatos antiguos relacionados con la ceremonia del té que hablan de otras instancias donde pudo haber surgido la práctica. En ellos solamente se menciona que las reparaciones hechas aumentaban la belleza de la pieza, pero no hay mención del uso de oro. No obstante, sí se tiene registro de que las nociones de la apreciación estética japonesa y la ceremonia del té se originaron en el periodo Muromachi en el siglo XIV, pero las piezas reparadas con kintsugi más antiguas datan del Edo en el siglo XVII.
El mismo nombre de la técnica indica la utilización del oro: kin, que significa oro y tsugi, remiendo. No obstante, lo aprendido hasta ahora nos invita a reflexionar que tal vez el valor de la práctica del kintsugi no está necesariamente en el oro, sino en el acto mismo de reparar un objeto cercano a nosotros. La inclusión del oro puede entenderse como parte de una evolución estética más actual, donde la técnica conserva su esencia, la acción de reparar al objeto para que continúe siendo parte íntima de la vida de su poseedor. No importa si la reparación es visible o invisible, si se hace con grapas o con oro. De esta forma, el oro no es ostentación, sino un símbolo de cuidado.
La creencia sobre el kintsugi es que los objetos que son reparados con dicha técnica dejan de ser perfectos y eso les aporta belleza ha provocado que las personas rompan piezas con la intención de repararlas y aumentar su valor. No obstante, la valorización de la imperfección en la estética japonesa, en los escritos de Yanagi se habla de una imperfección no deliberada (Soetsu, 2018). Desde la apreciación estética zen, la belleza de la irregularidad se encuentra entre la dualidad de la perfección y la imperfección, así como el concepto de shibui: no es algo que se crea, es algo que simplemente está. Un objeto reparado es imperfecto, pero esta irregularidad no es provocada, reforzando que la clave de la belleza de un objeto reparado se encuentra en su uso, en el vínculo emocional creado con su usuario, que es la causa de la rotura y la consecuente reparación.
En conclusión, interpretar la belleza desde el punto de vista estético japonés significa ver con los sentidos y no con la mente. Esto requiere experimentar la belleza en acción, interactuar con los objetos y construir intimidad con ellos. Como creadora, busco que mis objetos sean capaces de generar estas relaciones íntimas con quienes los utilizan. Aunque mis piezas contienen una premeditación estética inevitable, disfruto pensar que su belleza nacerá y aumentará con su uso, y que, si se rompen, la experiencia emocional compartida con su usuario los llevará a ser reparados, tal vez con pegamento, con grapas o con kintsugi, pero dando continuidad al vínculo de afecto. ¶
[.925 Artes y Diseño, Año 12, edición 47]
| Glosario Animismo. Creencia de que los objetos poseen un espíritu o alma. Esta visión influye en la manera en que los japoneses tratan los objetos, siempre con cuidado, respeto y gratitud. Budismo zen. Corriente del budismo que enfatiza la meditación, la experiencia directa y la percepción del vacío, muy influyente en el arte y la estética japonesa. Ceremonia del té (茶の湯, Chanoyu). Práctica ritual japonesa que encarna principios del budismo zen, como la atención plena, el respeto y la apreciación de la imperfección y la simplicidad. Chawan (茶碗). Cuenco tradicional japonés utilizado en la ceremonia del té. Su valor estético está basado en la sencillez, el uso y la relación íntima con el usuario más que en su apariencia decorativa. Kintsugi (金継ぎ). Técnica japonesa que consiste en reparar cerámica rota usando oro, plata o platino para resaltar las grietas. Refleja la intimidad entre el objeto y su poseedor. Mottainai (もったいない). Expresión que transmite pesar por el desperdicio y promueve el uso pleno de los recursos. Refleja los valores japoneses de sustentabilidad, respeto por los objetos y su reparación antes de su reemplazo. Muji (無地). Principio estético japonés que representa la simplicidad y la ausencia de decoración. Se enfoca en lo natural, lo esencial y lo no adornado, reflejando una belleza pura y sincera. Sabi (寂). Concepto que valora la belleza que surge con el tiempo. Se refiere a la pátina, el desgaste y el encanto que se acumulan por el uso y la antigüedad, resaltando el carácter de los objetos que han resistido la prueba del tiempo. Shibui (渋い). Tipo de belleza sutil, modesta y equilibrada. Representa una elegancia discreta y profunda que no busca llamar la atención, y que transmite pureza y serenidad. Shogun Ashikaga Yoshimitsu. Figura histórica del periodo Muromachi (siglos XIV-XV), conocido por su influencia en el desarrollo de la ceremonia del té. Urushi (漆). Tipo de laca japonesa hecha de la savia del árbol urushi. Se utiliza como recubrimiento en artesanías tradicionales. Wabi (侘). Hace referencia a una belleza serena y sencilla, frecuentemente encontrada en formas y materiales naturales. Destaca la austeridad, la elegancia discreta y la apreciación por lo modesto y cotidiano. |
Referencias
Itoh, T. (1993). Wabi Sabi Suki, The Essence of Japanese Beauty. Mazda Motor Corporation
Tokyo National Museum. (s.f.) Celadon porcelain bowl, named Bakōhan. https://emuseum.nich.go.jp/detail?%20langId=en&webView=null&content_base_id=100886&content_part_id=001&content_pict_id=008
Ueda, A. (2010). The culture of ‘mottainai’ seen as symbiosis between Japan’s ceramic-producing regions and the natural environment. Part I: The Tokoname region of Aichi prefecture. The Science of Design: Bulletin of JSSD, 57(1), 1-8.
Yanagi, S. (1972). The Unknown Craftsman. Kodansha International
Yanagi, S. (2018). The Beauty of Everyday Things. Penguin Classics




