Mayo de 2018

Sabía de la vieja creencia de que, al estar entre dos espejos paralelos, y observarse por un largo período, podría encontrarse con el diablo. Sin embargo ella entendía que, en todo caso, lo que descubriría serían sus propios demonios. Dispuso las dos superficies reflectantes a sus costados y empezó a observar los múltiples reflejos de su ser en ambas caras reflejantes.

Ella quería entender, en lo que la rodeaba, esa distinción que le daba la calidad de persona y que la hacía igual a sus semejantes. A esos entes que existen como idénticos a ella misma en el tiempo y en el espacio. Su objetivo era escudriñar una noción del ser en sí misma, más allá de la identidad como tal.

Poco a poco se fue concentrando en las figuras, aparentemente más lejanas y apenas definidas, en las que difícilmente se reconocía. Esas eran las imágenes que buscaba, su yo desconocido, al menos para ella misma, trató de contemplarse durante largo tiempo, pero al más mínimo movimiento de su cuerpo, sus múltiples yo, danzaban en un baile tan perfectamente sincronizado que ni la mejor compañía de ballet ruso lograría coreografiar.

Esa transformación de cuerpos al infinito, que los espejos le mostraban y que reducían sus dimensiones al alejarse con una proporción perfecta, le hizo recordar sus clases de geometría en la secundaria, en particular sobre la homotecia, trató de entenderlo, pero era difícil comprender, sobre todo porque demasiadas visiones empezaban a generarse en su mente, provocadas por las oleadas de reflejos, a ratos indefinidos, ante ella. Peces y aves de Escher le nublaron la vista, sus estructuras ambivalentes se mezclaban con su yo proyectado al infinito y luchaba por verse, por encontrarse, por escudriñarse y reconocerse en esa que, por destellos, por miles de ellos, le resultaba en ocasiones tan ajena.


La multiplicidad de reflejos empezó a serle extraña, ya no se miraba, ya no era ella. Su yo se cosificó. Era un objeto más y dada la infinita cantidad de sus yo objeto, les empezó a restar importancia, se devaluaron, tal como sucede en la ley de la oferta y la demanda. En la medida en que ella se parecía más a lo contrario de su ser, más borrosa se tornaba. Esto la inquietó al grado de hacerla creer que sus demonios en verdad empezaban a aparecer, que esa vieja creencia era real. Sus monstruos habían ahuyentado a las palomas de Escher, sus peces se habían perdido en el océano de imágenes y destellos reflejados por ambos espejos.

Y así, al inicio de un trayecto desquiciante, surgió un atisbo, como suceden las iluminaciones. Sus oídos se inundaron de sonidos indefinidos, armónicos y cadenciosos pero inescrutables, se llenó de paz. Se le nubló la vista y al ritmo de la cadencia de lo que escuchaba, en el centro de esa visión borrosa, surgió ella y se recorrió con la mirada, con calma, sin prisa. Se vio en el centro de sus múltiples yo. Sin tratar de responderse quién era, de donde venía, a dónde iría, cuál era su papel en la vida y cuál era el sentido de la existencia, decidió aceptarse tal cual, sin mayor cuestionamiento. Entendió que todo eso lo sabría, en otro tiempo, en otro plano, en otro momento, en otro espacio…

Eugenio Robleda Espinosa.


Cuenta con una licenciatura en Diseño Industrial por la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco. Asimismo con estudios en la Escuela Activa de Fotografía, además de diplomados en foto editorial, diseño web y arte. Ha participado en diversas exposiciones nacionales e internacionales. Actualmente labora en One Way Books editando libros de automovilismo y como free lance para diferentes empresas, de igual forma publica en diversos ensayos, gráfica digital y foto reportajes.
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